Hace 40 años desapareció Mauricio Silva


El 14 de junio de 1977, mientras barría la calle lo hicieron subir a un auto y nunca se supo fehacientemente sobre su paradero.                           




Su primera experiencia de Fraternidad la realizó en Rosario -1972- Allí trabajó entre los clasificadores de basura. La experiencia lo fortaleció en su decisión de vivir el evangelio en ese medio. Posteriormente el grupo se deshace y decidió integrarse en una comunidad de Fortín Olmos, en una zona del monte, cercana a Reconquista, en la Provincia de Santa Fe. Fue el responsable de una camioneta comunitaria perteneciente al sindicato de los hacheros de la región. A mediados de 1973 va a Buenos Aires para concretar su sueño de vivir el Evangelio entre los barrenderos. Eran muchos y nadie los ayudaba espiritualmente. También le permitía conocer y ayudar a los vecinos donde realizaba la limpieza.

Instaló la Fraternidad  en  un conventillo en la calle Malabia 1450. Era muy precaria, pero  Mauricio  la tenía abierta siempre, para recibir y escuchar a quien lo necesitara, con mate caliente y pan en la mesa.

Ingresó como barrendero en la Municipalidad. Fue nombrado el 13 de diciembre de 1973. Lo festejó como el mayor galardón recibido: el de obrero para vivir, como Jesús entre, el pueblo. Trabajó en el corralón de Villas, en Varela 555. Le asignaron la limpieza de la calle Sánchez, de Juan B. Justo a Alvarez Jonte, del barrio de Villa Devoto. Se dedicó, desde el inicio, a la justa lucha de los barrenderos por mantener su estatuto de empleados municipales.

En el período de la dictadura militar, conocía el peligro que corría su vida pues la represión había actuado bárbaramente con otros hermanos de la Fraternidad, con otros religiosos y laicos con opciones de vida similares y con sindicalistas y obreros Municipales, entre otros muchos. Sus amigos le pedían que se fuera del país. No quiso, porque hubiera sido un privilegio mientras sus compañeros sufrían y caían. En una de sus últimas cartas contaba cómo iba preparando su ánimo para enfrentar la tortura y la soledad de la prisión, que era lo que más temía, cuentan sus amigos. El 14 de junio de 1977, mientras barría la calle lo hicieron subir a un auto y nunca se supo fehacientemente sobre su paradero, a pesar de los pedidos a todas las autoridades: militares, políticas, y  religiosas. 

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