Extracto del artículo "Mar de plástico, océano de indignidad" de Miguel Angel Malavia en Vida Nueva nº 3.046 (4 de Agosto)
Otro testimonio de fe encarnada en este mar de plástico es el de Juan Francisco López Laserna, hermanito del Evangelio cuya comunidad, nacida al abrigo de la espiritualidad de Carlos de Foucauld, lleva décadas acompañando a los trabajadores de los invernaderos en la localidad almeriense de Roquetas. Él llegó aquí en 1979, dentro del proceso de su postulantado en la comunidad religiosa, “para llevar una vida religiosa al estilo de Jesús, María y José en Nazaret; vivíamos en medio del barrio, con gitanos y payos, trabajando también nosotros en los invernaderos; primero sin contratos, aunque a partir del curso 83-84 ya había contratos y cotizaciones a la Seguridad Social”.
El hermanito recuerda perfectamente cómo era el primer invernadero en el que trabajó: “Era el de un vecino que vivía a menos de 100 metros de nuestra casa. Faenaba con nosotros la mujer del dueño y estaba situado prácticamente al lado
del barrio, por lo que todos estábamos en un entorno muy familiar”. El mismo esquema se repitió en otros invernaderos: trabajaban con ellos el dueño, su mujer y hasta sus hijos cuando tenían tiempo libre. “Al principio –recuerda Juan Francisco– solo había personas de la sierra de Almería y de Granada, pero más tarde, hacia 1986, comenzaron a venir de Senegal, Marruecos o Argelia. En los últimos años, también han venido muchos rumanos. En la actualidad, en Roquetas hay trabajadores de más de 100 nacionalidades”.
Con esta especial vivencia fue como Juan Francisco culminó su deseo de ser misionero… “Al terminar el noviciado, el responsable regional me preguntó por el destino que quería. Como había vivido en Perú, le dije que en Sudamérica o en África. Al final me pidieron quedarme aquí. Sin ir a África, África vino a Roquetas años después”.
En 1994, Juan Francisco encontró trabajo con un propietario que tenía diez hectáreas de invernaderos. Como necesitaba más mano de obra, este contrató a los primeros rumanos que llegaban entonces a Roquetas. Las cosas ya empezaban a cambiar, pero no para los religiosos comprometidos en los campos: “En nuestro contexto de vida y de trabajo, los peones, sobre todo los gitanos, comprendían mejor que los dueños nuestra forma de vivir. Entendían que no vivíamos para hacer carrera, sino para tener lo necesario y compartir la vida con ellos”.
Estas primeras desavenencias con los dueños se ejemplifican en estos dos casos que rememora el hermanito: “Una vez, un patrón no alcanzaba a entender por qué no quería ser el encargado de su campo, como me ofrecía. En otro invernadero, el dueño, que conocía mi condición, me preguntó: ‘¿Estás seguro de que Dios te ama?’. Yo le dije: ‘Claro que estoy seguro’. A lo que él me respondió: ‘¿Y te deja que estés aquí cogiendo tomates?’. Al parecer, según la mentalidad de algunos cristianos, si tienes que trabajar para vivir es señal de que no eres amado por Dios…”.
De sus miles de horas trabajando estos años al lado de marroquíes o argelinos, Juan Francisco se queda con las innumerables charlas sobre lo divino y lo humano que compartían: “Les apoyábamos cuando hacían el Ramadán y, muchas veces, hablábamos sobre la fe. Recuerdo una vez que un compañero musulmán me preguntó por la Trinidad. Para no explicarle la distinción entre naturaleza y persona, y que de todas formas el Misterio continúa, se lo dibujé de un modo muy gráfico con esta pregunta: ‘¿Tú crees que el Creador es un ser
solitario y que hasta puede sentir envidia al ver a las familias humanas, amándose y compartiendo entre ellas, mientras Él no tiene con quién dialogar y
amar en su vida íntima?’. Así lo entendió muy bien”.
Hoy, ya jubilado, este hermanito sigue en su hogar compartiendo con sencillez la vida con quienes no siempre lo tienen fácil: “A veces me encuentro con algún marroquí compañero de trabajo de años atrás, o con algunos rumanos con sus familias…
En casa de María, viuda de 91 años, comparten el rato en buena armonía entre payos y gitanos. De vez en cuando, voy a estar un rato con ellos y echar una partida al cinquillo”. Un respiro en medio de un mar de plástico que también es un océano de indignidad.
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