Algunas pistas que pueden ayudarnos para una lectura de la encíclica “Todos hermanos”

Documento preparado por los Hermanos del Evangelio para ayudarnos a leer y meditar la encíclica.                  


La encíclica “Todos hermanos” es larga. No es un texto fácil de leer rápidamente, devorando un párrafo detrás de otro. Hay que retomarla y meditarla, descubrir las numerosas perlas esparcidas en el texto y reflexionar en las numerosas cuestiones, a menudo repetidas varias veces bajo ángulos diferentes.

A Francisco le gusta mucho el tema de la Fraternidad. Una gran parte del texto está compuesta de citas de sus discursos de años pasados. Y percibimos como en la encíclica precedente la relación con San Francisco.

Al principio el Papa delimita con claridad el tema: Las siguientes páginas no pretenden resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos.(nº 6). Los títulos de los capítulos siguientes son significativos: : LAS SOMBRAS DE UN MUNDO CERRADO (cap.1), PENSAR Y GESTAR UN MUNDO ABIERTO (cap.3), UN CORAZÓN ABIERTO AL MUNDO ENTERO (cap.4).

Una gran parte del texto parece dirigirse a los políticos y a los responsables de nuestras sociedades, pero evidentemente son cuestiones que afectan muy de cerca a cada uno de nosotros. Vivimos en un mundo en el que el individualismo y la búsqueda obsesiva del beneficio parecen reinar. Por lo tanto es tan importante buscar NUEVOS MODELOS DE SOCIEDAD, inspirados en la solidaridad, la justicia y la fraternidad. Francisco sueña con un mundo en el que la economía esté al servicio de la humanidad y de la fraternidad universal. Es una cuestión con múltiples facetas y el Papa no hace más que volver a esta gran preocupación que es la suya: evitar todo lo que aísla a los pueblos, los hace encerrarse en ellos mismos o crea pueblos de primera y segunda clase.
Y por eso estigmatiza valientemente «un insano populismo cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder.» (n° 159)
«Es posible aceptar el desafío de soñar y pensar en otra humanidad. Es posible anhelar un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos. Este es el verdadero camino de la paz, y no la estrategia carente de sentido y corta de miras de sembrar temor y desconfianza ante amenazas externas.» (n° 127)

Sin embargo está claro que el problema no es solamente cambiar las prioridades de la política y de la economía, sino también CAMBIAR NUESTRO COMPORTAMIENTO. ¿Cómo llegar a vivir viendo en el otro un hermano y no un competidor, un extranjero, fuente de inseguridad para mí? ¿Cómo ser creadores de puentes y no de muros? A este nivel, las cuestiones nos afectan muy de cerca y nos invitan a una conversión del corazón hacia un espíritu de fraternidad y hacia un comportamiento fraterno.
«Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan, sería infantil. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos.» (n°77)

El ejemplo del BUEN SAMARITANO ocupa todo un largo capítulo de la encíclica y vuelve varias veces en el texto. Ser un buen Samaritano, es ser vecino, acercarse, derribar cualquier frontera de lo extraño y de exclusión. «Esta parábola es un ícono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen samaritano. Toda otra opción termina o bien al lado de los salteadores o bien al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del hombre herido en el camino.» (n° 67)
«Nos hace falta reconocer la tentación que nos circunda de desentendernos de los demás; especialmente de los más débiles. Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos acostumbramos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas nos golpean directamente.» (n ° 64)
Más adelante dice Francisco: «Cuidemos la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta, la actitud de proximidad del buen samaritano.» (n ° 79)
Partiendo del ejemplo del Buen Samaritano, podemos plantearnos numerosas preguntas sobre nuestra propia vida: ¿somos capaces de reconocer las aflicciones de los demás? ¿Nos dejamos emocionar por sus heridas o preferimos cerrar los ojos o racionalizar? ¿Respondemos generosamente tomando la iniciativa de acercarnos?

Vivir la fraternidad EN NUESTRAS COMUNIDADES necesidad de convertirse a comportamientos concretos que susciten el diálogo, la benevolencia, la amabilidad, una comunicación profunda. También son temas que aborda la encíclica.

Diálogo

«No hace falta decir para qué sirve el diálogo. Me basta pensar qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades. El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta.. (n.198)
Se suele confundir el diálogo con algo muy diferente: un febril intercambio de opiniones en las redes sociales, muchas veces orientado por información mediática no siempre confiable. Son sólo monólogos que proceden paralelos, quizás imponiéndose a la atención de los demás por sus tonos altos o agresivos. Pero los monólogos no comprometen a nadie, hasta el punto de que sus contenidos frecuentemente son oportunistas y contradictorios.» (n° 200)
Así pues podemos preguntarnos: ¿somos capaces de vivir el diálogo como una gracia, una ocasión de conversión? Al cabo de los años ¿hemos perdido el gusto del diálogo? ¿No se pretende demasiado rápido conocer bien al otro? ¿Aun estamos maravillados de sus dones?

Benevolencia

«En el Nuevo Testamento se menciona un fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22), expresado con la palabra griega agazosúne. Indica el apego a lo bueno, la búsqueda de lo bueno. Más todavía, es procurar lo excelente, lo mejor para los demás: su maduración, su crecimiento en una vida sana, el cultivo de los valores y no sólo el bienestar material. Hay una expresión latina semejante: bene-volentia, que significa la actitud de querer el bien del otro. Es un fuerte deseo del bien, una inclinación hacia todo lo que sea bueno y excelente, que nos mueve a llenar la vida de los demás de cosas bellas, sublimes, edificantes.» (n° 112)
¿Somos capaces de dominar nuestra tendencia a afirmarnos a costa del otro? ¿Buscamos el bien del otro cueste lo que cueste? ¿Más que nuestro propio bien? ¿Le damos el espacio necesario para que pueda realizarlo?

La amabilidad

«El individualismo consumista provoca mucho atropello. Los demás se convierten en meros obstáculos para la propia tranquilidad placentera. Entonces se los termina tratando como molestias y la agresividad crece. Esto se acentúa y llega a niveles exasperantes en épocas de crisis, en situaciones catastróficas, en momentos difíciles donde sale a plena luz el espíritu del “sálvese quien pueda”. Sin embargo, todavía es posible optar por el cultivo de la amabilidad. Hay personas que lo hacen y se convierten en estrellas en medio de la oscuridad.» (n° 222)
¿Vivimos la amabilidad como una fuerza, o preferimos una aspereza ´macho`? ¿No nos resignamos demasiado fácilmente a relaciones bruscas que a menudo se desarrollan a lo largo de los años?

La comunicación

También hay párrafos consagrados al nuevo modo de comunicación numérica, viendo todo lo positivo, pero también los riesgos enormes.
«Las relaciones digitales, que eximen del laborioso cultivo de una amistad, de una reciprocidad estable, e incluso de un consenso que madura con el tiempo, tienen apariencia de sociabilidad. No construyen verdaderamente un “nosotros” sino que suelen disimular y amplificar el mismo individualismo que se expresa en la xenofobia y en el desprecio de los débiles. La conexión digital no basta para tender puentes, no alcanza para unir a la humanidad.» (n ° 43)
«Al desaparecer el silencio y la escucha, convirtiendo todo en tecleos y mensajes rápidos y ansiosos, se pone en riesgo esta estructura básica de una sabia comunicación humana. Se crea un nuevo estilo de vida donde uno construye lo que quiere tener delante, excluyendo todo aquello que no se pueda controlar o conocer superficial e instantáneamente. Esta dinámica, por su lógica intrínseca, impide la reflexión serena que podría llevarnos a una sabiduría común.» (n ° 49)
¿Sabemos utilizar los nuevos medios de comunicación, evitando banalizar el diálogo con los demás? ¿Sabemos cómo dar prueba de espíritu crítico y de voluntad? ¿Sabemos cómo desconectar cuando otras prioridades lo exigen?

Vivir la fraternidad no es solamente una cuestión de relaciones nuevas entre nosotros o en el seno de una célula familiar o social, pues la fraternidad siempre debe abrirse hacia el exterior. Las relaciones de fraternidad no pueden conducir a formas de encerramiento. Al contrario, si son verdaderas, siempre provocan la apertura. Entonces para nosotros, construir la fraternidad es seguir ABRIENDO LAS PUERTAS: a nuestros vecinos, a los extranjeros, a los diferentes, favoreciendo siempre a los más pobres. Es lo que el Papa llama “amistad social”.
«El amor que se extiende más allá de las fronteras tiene en su base lo que llamamos “amistad social” en cada ciudad o en cada país. Cuando es genuina, esta amistad social dentro de una sociedad es una condición de posibilidad de una verdadera apertura universal.» (n°99)
«Hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Es la capacidad cotidiana de ampliar mi círculo, de llegar a aquellos que espontáneamente no siento parte de mi mundo de intereses, aunque estén cerca de mí. Por otra parte, cada hermana y hermano que sufre, abandonado o ignorado por mi sociedad es un forastero existencial, aunque haya nacido en el mismo país. Puede ser un ciudadano con todos los papeles, pero lo hacen sentir como un extranjero en su propia tierra. El racismo es un virus que muta fácilmente y en lugar de desaparecer se disimula, pero está siempre al acecho.» (n° 97)
En otra parte el documento subraya: «Si hay que volver a empezar, siempre será desde los últimos.» (n° 235)
Nuestra vida, ¿está siempre orientada hacia la acogida de los últimos, de los diferentes, o cedemos a la tentación de encerrarnos en la amistad con personas que se parecen a nosotros por la educación o la formación?

Los dos últimos párrafos de la encíclica nos afectan muy de cerca, pues hacen referencia a CARLOS DE FOUCAULD. El Papa reconoce en él una fuente de inspiración importante.
«Pero quiero terminar recordando a otra persona de profunda fe, quien, desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos. Se trata del beato Carlos de Foucauld.» (n ° 286)
«Él fue orientando su sueño de una entrega total a Dios hacia una identificación con los últimos, abandonados en lo profundo del desierto africano. En ese contexto expresaba sus deseos de sentir a cualquier ser humano como un hermano, y pedía a un amigo: «Ruegue a Dios para que yo sea realmente el hermano de todos». Quería ser, en definitiva, «el hermano universal» (288). Pero sólo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos. Que Dios inspire ese sueño en cada uno de nosotros. Amén.» (n° 287)

Cómo esta frase del texto es fuerte y nos habla: «Sólo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos». Es una frase que describe la originalidad de Carlos de Foucauld en algunas palabras. Y es una frase que resume la propuesta fundamental contenida en esta encíclica: identificándonos con los últimos, llegar a ser hermanos de todos.
«¡Que Dios inspire ese sueño en cada uno de nosotros. Amén!»