Inspirado por sus lecturas en ermita, Mario, de la fraternidad de Ciudad Hidalgo, reflexiona sobre la compasión y la misericordia.
Heme aquí, una vez más, en esta ermita que el año pasado llamé de San Francisco de la Ciénega para encontrarme a solas con el Señor en el silencio, en la soledad y en la escucha, cómo María a los pies de Jesús (Lc. 10,39). Estos momentos son siempre un alto, que ayuda a revisarse y a retomar fuerzas. Es maravilloso también contemplar las bellezas de la naturaleza alrededor de esta ermita que en cada estación del año cambia de colores, de vegetación, de aves y de fauna.
Llego con confianza delante de Él porque: “como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen, porque Él sabe de lo que estamos hechos y da a conocer sus caminos, …..(Sal. 103).
Dos “santos profetas” de la esperanza y de la misericordia me han acompañado en este retiro: el cardenal Carlo María Martini y el obispo Tonino Bello.
Estos dos grandes “amigos”, que han tenido el gran sueño de un nuevo modelo de iglesia, la iglesia de la compasión y de la misericordia, la iglesia pobre en medio de los pobres, una iglesia libre, pobre y servidora, con sus meditaciones, homilías, cartas pastorales, exegesis con un lenguaje profundo y poético, me han ayudado a profundizar “esta presencia solidaria con los vecinos, los pobres, los marginados y olvidados, los que la sociedad de consumo produce cada día y desecha como basura no reciclable, solidarizarse con ellos y anunciarles la esperanza. Dios no los abandona, está con ellos, sigue presente entre estos hijos”.
Parece casi contradictorio que una persona muy activa, dinámica, chispa, como yo, siente y viva profundamente los momentos de soledad, de silencio, de contemplación, es la experiencia de Dios, es una experiencia amorosa. No disocio mis actividades, de la oración; siento una unidad, una totalidad y no es una presunción o un vanagloriarme decirles que a menudo, en plena noche, me despierto rezando. Ciertas condiciones de soledad en el trabajo, u otras situaciones, me disponen a la comunicación con Dios. La realidad del trabajo y de la oración en soledad hacen que todo se trasforme en comunión con el mundo y que el espíritu se eleve más allá de las cosas. En este sentido afirmo que el trabajo a mí personalmente, me redime. Ahí me doy cuenta que la oración no es solo de los que leen y reflexionan continuamente y hacen teología, sino también de los que aun leyendo olvidan lo leído. La oración no es solo de los que saben expresarse con lindas homilías y meditaciones, sino también de los que solo saben repetir: “cuanto te amo Dios mío”.
La oración es de toda persona que desde su corazón hace brotar el grito de alabanza y que en su cotidianeidad y en las pequeñas cosas, está unido a Dios, viviendo día a día en la presencia de Dios. La sabiduría no está en el conocimiento, sino en la vivencia. Jesús dijo: “Gracias Padre por haber revelado estas cosas a los sencillos, y haberlas ocultado a los sabios” (Mt.11,25).
Siento que mi amor por el Señor, está hecho de encuentros y desencuentros, de alianzas y rupturas, de fidelidad y traiciones. Pero desde las cenizas de mi miseria humana, se levanta la llama de la gracia, es una experiencia única, singular, “donde hay pecado, abunda la gracia” (Rom. 5,20), “una vez corrige y otra perdona” (Tobías 13), es un juego de amor.
Desde mi pequeñez, desde mi pobreza, desde mis límites y fragilidades, viví una experiencia única. Algunos meses atrás, me retiré en esta ermita, no para hacer retiro sino solo para retirarme, deseoso de estar solo y que se calmara un conflicto de fraternidad. Empecé como un volcán en erupción a escribir reglón tras reglón y los reglones se volvieron páginas y las páginas se volvieron un todo. Orillado en la ermita, desgarrado en los sentimientos, y en los afectos, estando solo escribía: “Es bueno esperar en silencio la solución del Señor” (Lam. 3,26). Pero desde este silencio surgieron voces desde lo profundo de mi ser, que me impedían reconocer la voz del Señor. El silencio no me hablaba de Dios, no me interpelaba, no me cuestionaba. Me llegaban voces descompuestas, había interferencias de voces, el silencio me hablaba de cólera, me faltaba quietud, paciencia, humildad; tenía que morir a mí mismo y morir de muchas muertes para en fin hallarme mi mismo, solo en mi silencio para escuchar el silencio de Dios que habla, para sentir la dulzura de Dios y vivir la epifanía de Dios. Morir de muchas muertes para contemplar al Padre: “contemplaba yo siempre al Señor delante de mí, porque Él está a mi derecha para que yo no vacile… por eso se alegró mi corazón… me llenaré de alegría en tu presencia…” Morir de muchas muertes, vaciarme de mi mismo para quedarme atento para habitar el tiempo de Dios y descubrir como poquito a poco, el Señor toma su lugar dentro de mí. Morir de muchas muertes...
Transcurrí la Pascua de resurrección en la ausencia de Cristo resucitado, busqué la presencia de Cristo que fue solo AUSENCIA, silencio de Dios como si yo estuviera en el “limbo”. Viví la Pascua sin ver la luz resucitadora, sin sentir la alegría de la resurrección, en fin, sin resucitar.
Mi pascua fue la ausencia total de una PRESENCIA: “Se han llevado a mi Señor del sepulcro y no sé dónde lo han puesto” (Jn.20,13b). Experimenté la tristeza de haberme quedado solo, con el vacío del sepulcro, sin poder ir, con la mirada, más allá…..me quedé mirando sin ver… solo deseando… seguí viviendo en las tinieblas, en la oscuridad, enjaulado en las redes de la muerte, donde el sufrimiento se hizo más pesado, casi insoportable. Me quedé atrapado en los sentimientos de dolor, de desgarro, sin poder salir Me encontré en una triste soledad, soledad que se vuelve amarga y triste cuando hay Ausencia de Dios.
¿Cómo podía quedarme en la muerte sin querer vivir la vida?
¿Por qué no podía dar este paso de la muerte a la vida?
¿Por qué quedarme atrapado en esta telaraña y sin movimiento?
¿Por qué quedarme en este callejón sin salida?
Los barrotes morales de mi existencia impedían a las alas de la libertad de volar, quería romper las ataduras de la muerte, las cadenas de la esclavitud, “muerte, ¿dónde está tu muerte? Cristo, ¿dónde tu victoria?”
“Dios mío ven en mi ayuda, date prisa en socorrerme” (Sal. 69)
Pero Dios, como siempre, nos sorprende continuamente cuando hay un deseo de verdad, cuando se quiere hacer un camino interior. Él abre nuestros corazones para acoger la novedad, acogerlo de nuevo, ¡y……Cristo me sorprendió una vez más! ¡Me maravilló!
“Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia en lugar de la severidad” (Cardenal Martini).
Tonino Bello y Martini hablaron y escribieron mucho sobre la misericordia, ahora también el papa Francisco insiste sobre la misericordia y nos sorprendió un domingo del verano pasado cuando durante el Ángelus dijo que iba a repartir una medicina que iba bien para todos los presentes en plaza San Pedro, y regaló la “Misericordia”.
“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa” (Sal. 51), así que sintiéndome acogido por Dios puse orden en mi corazón y retomé el camino fortalecido por Él. La Ausencia de Dios se hizo Presencia del Señor. Aplacado en mis sentimientos reconocí la voz del Señor… y “ella respondió Rabboni” (Jn.20,16b)… “Él va camino de Galilea, allí lo verán tal como les dijo” (Mc.16,7b).
En este retiro he festejado solo y con la acción de gracias el sexto aniversario de nuestra presencia en Los Pozos. ¿Se puede hacer un balance? El camino con la gente es maravilloso, conocemos a todos y todos nos conocen; de una manera o de otra hemos entrado en sus vidas y cada hermano tiene una forma distinta de relacionarse. La fraternidad ha hecho caminos en medio de muchas fragilidades, nos falta todavía caminar… pero con los años… no se cuántos “caminos se pueden hacer al andar”.
La salud pone pautas… y la mala salud, sí que avanza; no hay quien la pare, aumenta nuestras fragilidades y ni siquiera los médicos con toda la tecnología avanzada pueden poner remedio y no hay otra remedio que la resignación.
Espero que otro hermano pueda escribir algo sobre estos seis años de presencia aquí. Llegué al último día de retiro. He puesto por escrito la experiencia de lo vivido pero sigue siendo todo un misterio lo que Dios me da a vivir, lo que me hace experimentar y que no puedo explicar con palabras, parece confusión pero sé que profundamente no lo es. Adentro de mi es claridad sin explicación. Ahora no quiero abandonar esta ermita, deseo prolongar mi soledad, el Señor es siempre fiel, me da más de lo que pido.
“Bendice alma mía al Señor y todo mi ser a su santo nombre” (Sal. 103)
Un abrazo para todos
Las primeras luces eléctricas prenden en las casas que aún diviso. Los campesinos se tardan a encenderlas, cómo querer arrancar al día que fenece los últimos destellos porque la electricidad cuesta y las cosechas no son suficientes para subsistir…. y no hay trabajo. Mientras todo se apaga, yo rezo desgranando mi rosario cómo una dulce nenia y contemplo las obras de Dios. “...y atardeció y amaneció otro día” (Gen.)
Me siento en paz, tanto que quiero que se detenga todo; me parece vivir un fragmento de la eternidad. ¿ No acaso la belleza, la armonía, la quietud, la paz, el gozo, el Dios presente en todos y en todo, es lo que viviremos en la eternidad?
Estos últimos tiempos me siento cómo en una primavera espiritual, renovado, y no es por el tiempo que puedo pasar rezando, sino por la sensación de una presencia continua y muy discreta de Dios en mi vida.
Minutos antes de salir para la ermita, no habiendo encontrado un libro que deseaba leer antes de dormir, pedí a Giorgio algo y me dio dos pequeñas novelas: “La casa de Matrjona de Aleksandr Solzenicyn” y “Padre Sergij de Tolstoj”. A leerlos y releerlos, se revelaron dos verdaderas perlas, no solo me ayudaron en las meditaciones, sino en una profunda revisión de vida personal. Leyendo me he sentido identificado en tal y tal otra situación: el sentido de la vida, la idea del bien que prevale sobre el mal, la solidaridad, la generosidad en el servicio en la “Casa de Matrjona y las dudas y la existencia de Dios, los deseos y las tentaciones, el servir a Dios en la perfección y la obediencia o en el voluntarismo, el orgullo, la irascibilidad en el Padre Sergij.
“No comprendida y abandonada del esposo, extraña a sus hermanas y cuñadas, ridícula, lista a trabajar estúpidamente para los demás sin compensaciones, ella que había sepultado sus seis hijos más no la índole suya social, no había acumulado bienes para el día de la muerte. La cabra color blanco sucio, el gato cojo, las plantas de ficus… Habíamos vividos todos cerca de ella y no habíamos comprendido que era ella el Justo sin el cual, cómo dice e proverbio, no existe la aldea. Tampoco la ciudad. Tampoco toda nuestra tierra” (La Casa de Matrjona)
“He aquí lo que significaba mi sueño, Pasenka era propio lo que yo hubiera tenido que ser y lo que yo era realmente. Yo he vivido para los hombres con el pretexto de Dios, ella vive para Dios creyendo de vivir para los hombres”. Sí, la unica verdadera obra buena es un vaso de agua ofrecido sin pensar en ninguna recompensa y que vale mucho más de todas las buena acciones cumplida por mi parte para los hombres. No obstante en mi debía haber por lo menos en parte el deseo de servir al Señor! Se preguntaba, y encontró una respuesta: "Sí todo ha sido sofocado y contaminado por la gloria terrenal. No, no hay Dios para los que como yo han vivido de la gloria terrenal. Pero lo buscaré" y más “ Cuando le pidieron su permiso de permanencia y quien era, respondió que no tenia permiso y que era un siervo de Dios. Fue considerado del mismo modo que los vagabundos, procesado y deportado en Siberia, ahí se estableció en una pequeña aldea a lado de un rico campesino y ahora vive ahí. Trabaja en el huerto del patrón hace de institutor a sus hijos y asiste a los enfermos” (Padre Sergij)
La banalidad de las cosas de todos los días, la simplicidad de vida, la cotidianeidad, el nada de extraordinario, nos acercan a Dios y nos hacen vivir en Dios, sin saberlo.
Otra pequeña perla ha sido el perfume de las guayabas tan delicado e intenso que invadió toda la ermita. El segundo día de mi estadía, vinieron dos campesinos de la aldea con una gran bolsa de guayabas y entregándomela uno de ellos me dijo: “usted es uno de los monjes que se queda siempre una semana ¿verdad? ¡Aquí tienes! Les ofrecí un café y se fueron a trabajar haciendo un cerco para los animales, al limite de la propiedad donde está la ermita.
El perfume de guayaba acompañó mi silencio, mi soledad y mi oración.
La salud pone pautas… y la mala salud, sí que avanza; no hay quien la pare, aumenta nuestras fragilidades y ni siquiera los médicos con toda la tecnología avanzada pueden poner remedio y no hay otra remedio que la resignación.
Espero que otro hermano pueda escribir algo sobre estos seis años de presencia aquí. Llegué al último día de retiro. He puesto por escrito la experiencia de lo vivido pero sigue siendo todo un misterio lo que Dios me da a vivir, lo que me hace experimentar y que no puedo explicar con palabras, parece confusión pero sé que profundamente no lo es. Adentro de mi es claridad sin explicación. Ahora no quiero abandonar esta ermita, deseo prolongar mi soledad, el Señor es siempre fiel, me da más de lo que pido.
“Bendice alma mía al Señor y todo mi ser a su santo nombre” (Sal. 103)
Un abrazo para todos
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En enero 2015, Mario volvió en este Ermita de S. Francisco de la Ciénega : escribió para hablar de lo que ha vivido en un ambiente muy diverso.Cómo una vieja estampa color sepia, estoy sentado en el quicio (umbral) de la puerta de la ermita y gracias a su posición privilegiada, en lo alto, contemplo el valle mientras las sombras de la noche permean de un color casi uniforme, todo lo que veo. Solo a lo lejos, las cadenas de los cerros siguen teniendo todavía impertérritos, los azules oscuros en primer plano, que van degradando hacia los grises en el fondo. Se apaga poco a poco el último balar de las cabras en los corrales, algunos perros ladran a lo lejos esperando su último bocado y los gallos, primeros en cantar por la mañana, se tardan también con el último canto por la tarde avanzada. Las sombras abrazan las últimas luces del día y pronto será noche y dejaremos que esta noche abrace nuestro ser y nuestro cansancio.
Las primeras luces eléctricas prenden en las casas que aún diviso. Los campesinos se tardan a encenderlas, cómo querer arrancar al día que fenece los últimos destellos porque la electricidad cuesta y las cosechas no son suficientes para subsistir…. y no hay trabajo. Mientras todo se apaga, yo rezo desgranando mi rosario cómo una dulce nenia y contemplo las obras de Dios. “...y atardeció y amaneció otro día” (Gen.)
Me siento en paz, tanto que quiero que se detenga todo; me parece vivir un fragmento de la eternidad. ¿ No acaso la belleza, la armonía, la quietud, la paz, el gozo, el Dios presente en todos y en todo, es lo que viviremos en la eternidad?
Estos últimos tiempos me siento cómo en una primavera espiritual, renovado, y no es por el tiempo que puedo pasar rezando, sino por la sensación de una presencia continua y muy discreta de Dios en mi vida.
Minutos antes de salir para la ermita, no habiendo encontrado un libro que deseaba leer antes de dormir, pedí a Giorgio algo y me dio dos pequeñas novelas: “La casa de Matrjona de Aleksandr Solzenicyn” y “Padre Sergij de Tolstoj”. A leerlos y releerlos, se revelaron dos verdaderas perlas, no solo me ayudaron en las meditaciones, sino en una profunda revisión de vida personal. Leyendo me he sentido identificado en tal y tal otra situación: el sentido de la vida, la idea del bien que prevale sobre el mal, la solidaridad, la generosidad en el servicio en la “Casa de Matrjona y las dudas y la existencia de Dios, los deseos y las tentaciones, el servir a Dios en la perfección y la obediencia o en el voluntarismo, el orgullo, la irascibilidad en el Padre Sergij.
“No comprendida y abandonada del esposo, extraña a sus hermanas y cuñadas, ridícula, lista a trabajar estúpidamente para los demás sin compensaciones, ella que había sepultado sus seis hijos más no la índole suya social, no había acumulado bienes para el día de la muerte. La cabra color blanco sucio, el gato cojo, las plantas de ficus… Habíamos vividos todos cerca de ella y no habíamos comprendido que era ella el Justo sin el cual, cómo dice e proverbio, no existe la aldea. Tampoco la ciudad. Tampoco toda nuestra tierra” (La Casa de Matrjona)
“He aquí lo que significaba mi sueño, Pasenka era propio lo que yo hubiera tenido que ser y lo que yo era realmente. Yo he vivido para los hombres con el pretexto de Dios, ella vive para Dios creyendo de vivir para los hombres”. Sí, la unica verdadera obra buena es un vaso de agua ofrecido sin pensar en ninguna recompensa y que vale mucho más de todas las buena acciones cumplida por mi parte para los hombres. No obstante en mi debía haber por lo menos en parte el deseo de servir al Señor! Se preguntaba, y encontró una respuesta: "Sí todo ha sido sofocado y contaminado por la gloria terrenal. No, no hay Dios para los que como yo han vivido de la gloria terrenal. Pero lo buscaré" y más “ Cuando le pidieron su permiso de permanencia y quien era, respondió que no tenia permiso y que era un siervo de Dios. Fue considerado del mismo modo que los vagabundos, procesado y deportado en Siberia, ahí se estableció en una pequeña aldea a lado de un rico campesino y ahora vive ahí. Trabaja en el huerto del patrón hace de institutor a sus hijos y asiste a los enfermos” (Padre Sergij)
La banalidad de las cosas de todos los días, la simplicidad de vida, la cotidianeidad, el nada de extraordinario, nos acercan a Dios y nos hacen vivir en Dios, sin saberlo.
Otra pequeña perla ha sido el perfume de las guayabas tan delicado e intenso que invadió toda la ermita. El segundo día de mi estadía, vinieron dos campesinos de la aldea con una gran bolsa de guayabas y entregándomela uno de ellos me dijo: “usted es uno de los monjes que se queda siempre una semana ¿verdad? ¡Aquí tienes! Les ofrecí un café y se fueron a trabajar haciendo un cerco para los animales, al limite de la propiedad donde está la ermita.
El perfume de guayaba acompañó mi silencio, mi soledad y mi oración.