Durante su año sabático Gabriele quiso viajar a Bolivia y pasar un tiempo en las fraternidades de Titicachi y Cochabamba. Nos comparte sus descubrimientos.
Entrar en una realidad tan particular, como es Bolivia, fue para mí
una aventura. Acompañado por los hermanos de Cochabamba empecé a
observar los cambios profundos que vive el país.
La primera imagen que conservo es la de la avenida Blaco Galindo,
carretera que pasa a 2 km. de Piñami Chico, es la arteria principal
del país, que une la capital política (La Paz), con la capital
económica, (Santa Cruz).
La primera vez que me puse al borde de la carretera para tomar el
autobús que va a la ciudad, me parecía afrontar un enorme desafío.
En pleno tráfico, digno de las autopistas europeas, debes localizar
el número de autobús, levantar el brazo, esperar que se detenga,
alcanzarlo, abrir la puerta y meterte dentro.
Cochabamba es una ciudad en plena expansión que acoge una importante
inmigración desde las zonas montañosas. Si miro a los vecinos de la
fraternidad de Piñami Chico, tengo un buen cuadro de la diversidad y
de los cambios en curso.
Está Andrés, un soltero del lugar que pasa una gran parte de su
tiempo en una plantación en El Chapare, la zona tropical de Bolivia.
Después está Juana, también de esta zona que trabaja algunas horas
en la fábrica más importante, centro de recolección de leche
producida por los establos familiares que quedan. Su marido es
albañil, pero a causa de problemas ligados al alcoholismo, no tiene
trabajo fijo. Así, esperando el final de los trabajos de la casa
están en alquiler.
Inés, con su carácter jovial y emprendedor está en continuo
movimiento para secundar el trabajo de su marido. Procedente de
Potosí desde hace ya algunos años se dispone a regresar.
Finalmente, Mabel, con su tribu, es la típica familia relajo que
recuerda el estilo “gitano”: música todo el día y cuando llegan
los parientes de Potosí, fiestas nocturnas con borracheras.
El pueblo está en continua transformación, y, al lado de casas
construidas con material barato, hay “villas” de estilo europeo
construidas con el dinero de los migrantes.
La transformación es igualmente cultural, de una cultura
tradicional, ligada a los ritmos de la tierra, a una vida urbana:
escolarización, mezcla de gente de otras partes. Todo eso lleva
novedad y otro estilo de vida.
Titicachi, pueblo típico del mundo andino, forma parte de un
contexto más homogéneo, que sin embargo vive el paso rápido de la
cultura andina a la modernidad. Aquí los contrastes son todavía más
fuertes: al lado de algunas casas con techo de paja y las numerosas
construcciones de adobes, con techo de lámina, se observan
construcciones en hormigón armado y ladrillos.
Guardo una imagen en el espíritu: una mujer mayor que sale hacia el
pueblo a lo largo del camino principal, encorvada bajo el peso de una
carga de leña que juntó en el campo y que se cruza con un grupo de
jóvenes, que bajan escuchando la música, cada uno con sus
auriculares.
Y el domingo, la plaza se llena de mujeres con vestidos
tradicionales, que vienen de los pueblos a vender sus productos en
un mercado improvisado. Es la imagen de la economía informal todavía
muy extendida y que da trabajo a una buena parte de la población.
Lo que llama la atención, además de la dureza de la vida cotidiana,
es la pobreza de esa gente que vive día tras día sin recriminar.
Los jóvenes sueñan con ir a la ciudad, será difícil motivarles
para quedarse. Del lado político siempre está la figura de Evo
Morales que suscitó mucha esperanza en la mayoría de la población
indígena y que está siempre en primer plano con su estilo
populista.
Muchas cosas han cambiado positivamente para los pobres, y las
poblaciones indígenas volvieron a encontrar su dignidad, pero el
MAS, partido del gobierno tomó el poder aunque la corrupción
continúa. La Iglesia oficial no parece muy entusiasta con este
gobierno sobre todo el clero local muy tradicional.
La fraternidad
En Piñami Chico se encuentran sobre todo Patrick y José Luis que
están presentes en el barrio y en este momento cuando no está en el
trabajo, Héctor, que tiene una especial capacidad de contacto y de
acogida.
Marco tiene más relaciones en la ciudad y en su trabajo que es un
pequeño centro de acogida de niños abandonados.
La casa es espaciosa y permite acoger a muchas personas, incluso si
el número es más reducido que al principio, y también tener un
espacio más reservado, y el “patio” es un extra.
Los hermanos están muy atentos a la acogida de la gente y toman el
tiempo para escuchar. El momento que más aprecié fue el de la
eucaristía del martes por la tarde. El clima familiar facilita el
compartir profundo.
En Titicachi Max está siempre en actividad y su jornada está muy
ocupada. Pasa mucho tiempo recibiendo gente y no siempre es muy
sencillo, muchos vienen para pedir una ayuda material y otros tienen
grandes problemas familiares, también hay alcoholismo extendido.
En todo caso, no está solo, está la presencia silenciosa pero
eficaz de Marie Thérese, que anima la actividad artesanal y Mercedes la enfermera,
presente en el “centro de salud” y después la “negrita
“Martina que es un pilar del centro para los que tienen
discapacidad y además por el momento hay tres cooperantes alemanas.
La perspectiva de Max es acompañar a un personal boliviano para la
gestión de todas esas actividades que todavía dependen de él y del
financiamiento que él recibe. Ese paso no se da sin riesgo de
corrupción y de quiebra.
La región
Uno de los momentos fuertes fue el de la reunión regional. Ocasión
para mí de conocer algo de la historia de la fraternidad en América
Latina y la más reciente de las diversas fraternidades.
Alguien durante la reunión decía que habría que volver a escribir
una historia más objetiva de la fraternidad en América Latina con las tonterías
y los errores cometidos, pero eso ¿todavía podrá interesarle a
alguien? En cuanto a mí, encontré más urgente y más estimulante
la pista propuesta por Víctor Codina, el jesuita que nos ayudó a
reflexionar sobre el futuro de la vida religiosa hoy.
¿Cómo abrir nuestras fraternidades para una acogida más abierta y
no necesariamente orientada a encaminarse a la vida religiosa?
Otra cuestión es la de la región que se encuentra con bastantes
hermanos mayores y que se preguntan cómo vivir la vejez. Joao ya
pensó en eso, ahora se encuentra en la Trinidad.
Un signo de esperanza fue la ceremonia de votos de Héctor en
presencia de muchos amigos de Piñami Chico y de miembros de la
fraternidad secular.
Mi experiencia
Otra cultura no se puede conocer en unos meses, pero sin embargo se
pueden recoger algunas imágenes, encuentros e impresiones que uno
lleva dentro.
Las primeras imágenes son los rostros: los más serenos y relajados
de “doña Marina” y “doña Basilia”, vecinas de Piñami
Chico, como los más sufrientes y cansados de las viejitas de
Titicachi, los rostros alegres de las vendedoras en el mercado y de
los jóvenes que juegan al fútbol o los rostros de aquellos que
encontré en los taxis colectivos, los rostros felices de los jóvenes
discapacitados del centro de Titicahi.
Los encuentros fueron numerosos: los que más me afectaron fueron
los de los niños y los jóvenes, víctimas del abandono y de la
violencia de los adultos, pero también la fiesta de las mamás,
celebrada con los niños discapacitados y su mamá en Titicachi.
Y después las visitas a las familias. El conocimiento de los
colaboradores de Titicachi, de laicos o de religiosos que trabajan en
lo “social” y los vecinos de la fraternidad de Piñami Chico.
La mayor impresión es la de asistir a un cambio profundo que corre
el riesgo de borrar una cultura milenaria. Una cultura que es
valorada de nuevo y que es el patrimonio de la mayoría de la
población.
Me pregunto si la evangelización favoreció la inculturación del
evangelio en las culturas locales y como la relación de la iglesia
con los “conquistadores” españoles produjo un cristianismo que
parece ser un barniz sobre las tradiciones. Por un lado, la calidez
de la acogida me sorprendió y por otro lado me impactó esta
expresión de sufrimiento que, a menudo, se transparenta en los
rostros de los más ancianos como si llevaran el peso de un largo
sufrimiento.