Nos unimos a los deseos a consagrados y laicos que Francisco expresó en estos extractos de su carta del 21 de noviembre de 2014:
¿Qué espero en particular de este Año de gracia de la Vida Consagrada?
Que sea siempre verdad lo que dije una vez: «Donde hay religiosos
hay alegría». Estamos llamados a experimentar y demostrar que Dios es
capaz de colmar nuestros corazones y hacernos felices, sin necesidad de
buscar nuestra felicidad en otro lado; que la auténtica fraternidad
vivida en nuestras comunidades alimenta nuestra alegría; que nuestra
entrega total al servicio de la Iglesia, las familias, los jóvenes, los
ancianos, los pobres, nos realiza como personas y da plenitud a nuestra
vida.
Que entre nosotros no se vean caras tristes, personas descontentas e
insatisfechas, porque «un seguimiento triste es un triste seguimiento».
También nosotros, al igual que todos los otros hombres y mujeres,
sentimos las dificultades, las noches del espíritu, la decepción, la
enfermedad, la pérdida de fuerzas debido a la vejez. Precisamente en
esto deberíamos encontrar la «perfecta alegría», aprender a reconocer el
rostro de Cristo, que se hizo en todo semejante a nosotros, y sentir
por tanto la alegría de sabernos semejantes a él, que no ha rehusado
someterse a la cruz por amor nuestro.
En una sociedad que ostenta el culto a la eficiencia, al estado
pletórico de salud, al éxito, y que margina a los pobres y excluye a los
«perdedores», podemos testimoniar mediante nuestras vidas la verdad de
las palabras de la Escritura: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12,10).
Bien podemos aplicar a la vida consagrada lo que escribí en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, citando una homilía de Benedicto XVI:
«La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción» (n. 14). Sí,
la vida consagrada no crece cuando organizamos bellas campañas
vocacionales, sino cuando los jóvenes que nos conocen se sienten
atraídos por nosotros, cuando nos ven hombres y mujeres felices. Tampoco
su eficacia apostólica depende de la eficiencia y el poderío de sus
medios. Es vuestra vida la que debe hablar, una vida en la que se
trasparenta la alegría y la belleza de vivir el Evangelio y de seguir a
Cristo.
Espero que «despertéis al mundo», porque la nota que caracteriza
la vida consagrada es la profecía. Como dije a los Superiores Generales,
«la radicalidad evangélica no es sólo de los religiosos: se exige a
todos. Pero los religiosos siguen al Señor de manera especial, de modo
profético». Esta es la prioridad que ahora se nos pide: «Ser profetas
como Jesús ha vivido en esta tierra... Un religioso nunca debe renunciar
a la profecía»
Con esta carta me dirijo, además de a las personas consagradas, a los laicos que comparten con ellas ideales, espíritu y misión.
Algunos Institutos religiosos tienen una larga tradición en este
sentido, otros tienen una experiencia más reciente. En efecto, alrededor
de cada familia religiosa, y también de las Sociedades de vida
apostólica y de los mismos Institutos seculares, existe una familia más
grande, la «familia carismática», que comprende varios Institutos que se
reconocen en el mismo carisma, y sobre todo cristianos laicos que se
sienten llamados, precisamente en su condición laical, a participar en
el mismo espíritu carismático.
También os animo a vosotros, fieles laicos, a vivir este Año de la
Vida Consagrada como una gracia que os puede hacer más conscientes del
don recibido. Celebradlo con toda la «familia» para crecer y responder a
las llamadas del Espíritu en la sociedad actual. En algunas ocasiones,
cuando los consagrados de diversos Institutos se reúnan entre ellos este
Año, procurad estar presentes también vosotros, como expresión del
único don de Dios, con el fin de conocer las experiencias de otras
familias carismáticas, de los otros grupos laicos y enriqueceros y
ayudaros recíprocamente.
El Año de la Vida Consagrada no sólo afecta a las personas consagradas, sino a toda la Iglesia. Me dirijo, pues, a todo el pueblo cristiano,
para que tome conciencia cada vez más del don de tantos consagrados y
consagradas, herederos de grandes santos que han fraguado la historia
del cristianismo. ¿Qué sería la Iglesia sin san Benito y san Basilio,
san Agustín y san Bernardo, san Francisco y santo Domingo, sin san
Ignacio de Loyola y santa Teresa de Ávila, santa Ángela Merici y san
Vicente de Paúl? La lista sería casi infinita, hasta san Juan Bosco, la
beata Teresa de Calcuta. El beato Pablo VI
decía: «Sin este signo concreto, la caridad que anima la Iglesia entera
correría el riesgo de enfriarse, la paradoja salvífica del Evangelio de
perder garra, la “sal” de la fe de disolverse en un mundo de
secularización».
Invito por tanto a todas las comunidades cristianas a vivir este Año,
ante todo dando gracias al Señor y haciendo memoria reconocida de los
dones recibidos, y que todavía recibimos, a través de la santidad de los
fundadores y fundadoras, y de la fidelidad de tantos consagrados al
propio carisma. Invito a todos a unirse en torno a las personas
consagradas, a alegrarse con ellas, a compartir sus dificultades, a
colaborar con ellas en la medida de lo posible, para la realización de
su ministerio y sus obras, que son también las de toda la Iglesia.
Hacedles sentir el afecto y el calor de todo el pueblo cristiano.
Bendigo al Señor por la feliz coincidencia del Año de la Vida
Consagrada con el Sínodo sobre la familia. Familia y vida consagrada son
vocaciones portadoras de riqueza y gracia para todos, ámbitos de
humanización en la construcción de relaciones vitales, lugares de
evangelización. Se pueden ayudar unos a otros.
Encomiendo a María, la Virgen de la escucha y la contemplación, la
primera discípula de su amado Hijo, este Año de la Vida Consagrada. A
ella, hija predilecta del Padre y revestida de todos los dones de la
gracia, nos dirigimos como modelo incomparable de seguimiento en el amor
a Dios y en el servicio al prójimo.
Agradecido desde ahora con todos vosotros por los dones de gracia y
de luz con los que el Señor nos quiera enriquecer, acompaño a todos con
la Bendición Apostólica.
Francisco