Gil es un hermano joven que vive en Tanzania. Nos describe sus primeros pasos en la vida religiosa y en la vida comunitaria. pronunció sus primeros votos el 13 de diciembre.
Vengo de Ruanda.
Conocí a los hermanos por las hermanitas de Jesús que tienen una
fraternidad cerca de la escuela secundaria que yo frecuenté.
Pronto hará 4 años que empecé a vivir con los Hermanos del
Evangelio. Ahora me doy cuenta de que la presencia de los hermanos
responsables, como también la de todos los hermanos de África del
Este, me ayudó mucho a crecer a un nivel que antes no imaginaba.
Al principio estaba solo durante dos años como “hermano en
formación”. Eso no fue fácil pues yo vivía la mayor parte del
tiempo con hermanos mayores. Aunque pude aprovechar de la presencia
de Julius que era novicio en ese momento.
Cuando supe que tendría compañeros para el noviciado me sentí muy
agradecido. El proyecto era claro: 2 postulantes de los Hermanos de Jesús debían
venir a Tanzania para el noviciado: uno de Polonia, otro de Egipto.
Yo estaba en Nairobi cuando llegaron y pude ir a recibirlos al
aeropuerto Jomo Kenyatta, muy temprano en la mañana. Nos quedamos
juntos 3 días, aprovechando este tiempo para conocernos y para
enseñarles cómo ir a la escuela de idiomas para aprender el
Kiswahili. Después fui a Arusha donde ya había vivido antes.
Al año siguiente, el 2 de enero 2013, empezamos oficialmente el
noviciado con un hermano que nos acompañaba: intentó ser un hermano
para nosotros, más bien que un formador. Desgraciadamente empezamos
el noviciado dos en lugar de tres: ¡el egipcio había dejado!
El noviciado fue un buen tiempo de iniciación con los hermanos, pero
también un tiempo con varias dificultades, la mayoría venían
solamente de incomprensiones. Como ustedes saben, los tres hermanos
que estábamos veníamos de culturas completamente diferentes. Pero
admiré el cariño de los otros hermanos hacia mí, su apertura y su
cercanía. Era el único africano durante los 9 primeros meses de
noviciado.
Si recuerdo mi postulantado, la segunda mitad la viví en Nairobi.
Trabajé como aprendiz con un agrónomo que cuidaba jardines. Fue un
verdadero desafío. No era una buena oportunidad para encontrar
gente, pues trabajaba en propiedades de gente que pertenecía ya sea
a la clase media o bien a la alta. Raramente encontraba a los
propietarios de esos jardines. La mayoría de la gente con la que
tuve relaciones eran empleados que venían solamente por algunas
horas y enseguida regresaban a sus casas.
También estaban los
vigilantes de día. Nos encargábamos de varias jardines (más o
menos 10 por semana). Era muy difícil para ellos comprender como
alguien como yo podía hacer ese tipo de trabajo, cuando estaba
considerado como formando parte de una clase media o incluso de la
clase alta. Estaban acostumbrados a encontrar religiosos,
seminaristas o sacerdotes estudiando en las grandes escuelas, o
manejando carros bonitos, pero nunca trabajando con las manos. Eso
fue una experiencia muy fuerte. Pero en Nairobi, no encontré
incomprensión a causa de nuestro estilo de vida (a causa de nuestra
vocación), mientras que ahora la encuentro en Arusha, en mi nuevo
trabajo.
Durante el segundo año de noviciado (que pronto terminaré) doy
gracias a Dios y a todos los hermanos por haberme dado la oportunidad
de compartir de cerca la vida de los trabajadores jornaleros. Estoy
trabajando en un barrio donde hay varias fábricas.
Trabajo en uno de los garajes que también es un centro de formación
para futuros mecánicos. Está situado en una de las periferias de
Arusha.
Hablando con mis compañeros, siento que sufren mucha injusticia. Los
patronos aprovechan mucho de su trabajo, pero los salarios son muy
poca cosa. A menudo, no lo reciben regularmente, cuando tienen todo
su derecho: Están felices cuando el salario llega a tiempo.
Mi presencia en el taller me ayuda a crecer. Aún cuando la mayoría
de los mecánicos del taller son buenos católicos, para ellos es muy
difícil comprender nuestra vocación siguiendo a Jesús de Nazaret,
pero eso no quiere decir que nuestra relación sea mala, de ninguna
manera… siempre están dispuestos a ayudarme en el trabajo, pues yo
hago eso por primera vez en mi vida.
Doy gracias a Dios por su protección, pues hay muchos accidentes en
la carretera que me lleva al trabajo. Veo carros accidentados
prácticamente cada día. Percibo la mano del Señor que trabaja. Una
persona en bicicleta (voy al trabajo en bicicleta) no cuenta para
nada para los choferes de carros o autobuses.
Así pues viví con los hermanos en una fraternidad durante 3 años y
medio. Encontré la presencia del Señor gracias a ellos. Es
impresionante ver como nuestra manera de vivir pone el acento sobre
la humildad y la igualdad.
Percibo por parte de los hermanos, hospitalidad, atención, apertura,
voluntad de ayudarme física y espiritualmente. La vida comunitaria
es el mayor desafío en nuestro estilo de vida. Ahora la vida
comunitaria es muy importante para mí. Abre mi ser al compartir y la
aceptación de los demás, cosa que era prácticamente imposible para
mí antes de entrar a la Fraternidad.
También percibo que un gran progreso está en camino en mi vida de
oración. A veces me siento tan árido, pero estoy seguro de que el
Espíritu del Señor intercede sin cesar por mí junto a Aquel que me
llama constantemente a Él. Doy gracias a Dios pues la aridez no dura
demasiado tiempo. Encuentro la presencia de Dios y su perdón en los
sacramentos y en los diferentes acontecimientos de mi vida… y
especialmente cuando parece que las cosas andan mal.
Quisiera dar gracias a Dios y a todos los hermanos que estuvieron y
todavía están disponibles para escucharme. En particular doy
gracias a aquellos que se encargaron de mi formación y especialmente
a los de Mlangarini. Que Dios los bendiga y les conceda ayudar a los
jóvenes en formación a crecer en el Espíritu.