De
Franco
En Italia, en Spello, los
hermanos siguen organizando semanas alrededor de la Palabra de Dios.
El mes de agosto pasó, intenso y
rápido con su lote de personas que vinieron para compartir nuestro
cotidiano.
Una de las cosas que más me
enriquece y me llena de emociones es el testimonio de fe que escucho.
Cada huésped tiene su lenguaje más o menos adecuado y rico, cada
uno con sus pequeñas o grandes contradicciones, cada uno lleva sus
propios cansancios, como todo el mundo, pero con la certeza que deja
la experiencia: la posibilidad de nombrar a Dios y de reconocerlo
como hilo conductor de su propia historia que, de la muerte, lleva a
la vida.
Cada mañana, en el momento de
compartir el evangelio, me sentía como un aprendiz: la palabra de
unos y otros aporta una iluminación y comprensión mayor que el
texto apenas escuchado.
Constatamos un gran interés por
esta nueva fórmula: compartir juntos la palabra cotidiana. Y la
importante participación me sorprendió, como si el derecho a tomar
la palabra no hubiera sido dado todavía. Incluso los más tímidos y
los menos preparados se sentían a gusto