“Hay un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar” (Qo. 3,2). Después de 11 años como consejero sicológico de las personas que
viven con el virus del Sida, y ahora que ya voy a cumplir 65 años, me parece que
es el momento de dejar el lugar a la generación que sigue y ser
liberado para otro ministerio.
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El
jesuita asesinado Ignacio Ellacuría escribió: “El
gran signo de los tiempos, la presencia actual de Dios entre
nosotros, es siempre el pueblo crucificado, la continuación
histórica del Servidor de Yahvé, del Cristo crucificado.”
¿Dónde está el “pueblo crucificado”? En 2001, al llegar a
Kangemi, me quedé sorprendido al ver que era una “zona sin Sida”:
nadie hablaba de eso y nadie pensaba que podía morir de eso. Pero
las estadísticas me decían que cuando yo cruzaba a diez adultos en
la calle, uno, dos o tres estaban infectados… ¿Cómo encontrar hoy
a Cristo Crucificado entre los enfermos de Sida, que se puede hacer
por el Cuerpo infectado de la Iglesia, porque si un miembro del
Cuerpo está infectado, todo el Cuerpo está infectado?
El programa Uzima empezó en 2004 después de una evaluación de las
actividades sociales de la parroquia, donde el Sida era mencionado por
las comunidades cristianas de base como uno de los tres problemas del
barrio con la inseguridad y la pobreza. El dispensario tenía un
sistema para ayudar a los enfermos más pobres pero ya eran
demasiado numerosos y la opción elegida fue ayudar prioritariamente
a los enfermos de Sida. Era concebido como un ministerio de la
Parroquia:
- Una manera de dar testimonio del amor preferencial de Dios por el
“pueblo crucificado, hoy en Kangemi.
- y una manera de abrir los ojos y los corazones de los parroquianos
a la realidad de los enfermos de Sida que sufren
estigmatización. “Jesús envió a los Doce para proclamar el Reino
de Dios y para curar a los enfermos” (Lc.9, 2). En presencia de tal pandemia, si queremos ser fieles discípulos de Jesús estamos llamados a tener la misma actitud que Jesús que no
tenía miedo de estar en contacto con las llagas de los enfermos, la
impureza de los leprosos, el cuerpo maloliente de Lázaro, la
impureza de la mujer que perdía sangre, Zacarías y sus negocios
poco honestos, la samaritana y su vida sexual poco ortodoxa. La Buena
Noticia es que la vida, la vida en plenitud, es ofrecida a todos los
hijos de Dios. Los enfermos de Sida son amados por Dios pero no lo
sabrán, no tendrán la experiencia de eso más que a través de
nuestros cuidados y nuestro amor por ellos.
El proyecto empezó discretamente con un pequeño Grupo de Apoyo
ofreciendo una “zona sin estigmatización”, un lugar donde las
personas infectadas podían sentirse acogidas, libres de compartir
sus ansiedades y sus esperanzas; donde podían aprender cómo
vivir su situación y renovar sus fuerzas, donde podían rezar
juntas siendo miembros de diferentes iglesias y religiones. Poco a poco
se comprometieron en las diversas actividades del Programa en los grupos de la parroquia, las escuelas y el barrio
de Kangemi.
Si durante los primeros años acompañábamos a un buen número de
pacientes terminales, la situación cambió completamente y ahora la
mayoría de los miembros del proyecto están en forma y necesitan
trabajar. Para ayudarles económicamente empezamos a fabricar
collares, jabón, telas pintadas; a sostener pequeños comercios y un
grupo de ahorro. Trabajamos en relación con otras organizaciones
para reforzar y ampliar los servicios.
La condición de los enfermos de Sida ha mejorado mucho pero
necesitan experimentar el amor concreto y eficaz de Dios para con ellos a
través de los servicios de la parroquia. El programa de Uzima con el equipo actual y un nuevo
consejo sicológico es totalmente capaz de continuar las actividades
de prevención en Kangemi y de hacer frente a los nuevos desafíos
encontrados con los enfermos de Sida. Hoy tenemos muchos menos miembros nuevos recientemente detectados
positivos y por el contrario cada vez hay más trabajo de oficina
para los donantes de fondos que cada vez quieren más informes
detallados. No es lo que más me atrae en ese trabajo que debería
realizarse con los enfermos.
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Antes de lanzarme a
nuevos compromisos, quise regresar al mundo del desierto, de los
nómadas, del primer anuncio de la Buena Noticia. Necesitaba dejarme interrogar, cuestionar, desafiado por aquellos que
están en las fronteras de la Iglesia y de la Sociedad keniana. Así
tuve la suerte de pasar unos veinte días en
Turkana: amplios paisajes de llanuras y colinas
cubiertas de matorrales y piedras donde se disimulan las pequeñas
chozas redondas de los nómadas que se desplazan al cabo de algunos
meses. Ese triángulo está habitado por una sola etnia, entre el lago Turkana al Este, Etiopía al
Norte, Sudán y Uganda al Oeste. Es la cuna de la humanidad con el descubrimiento del “Turkana Boy”, homo erectus de 1,6 millones de años. La población se multiplicó por
tres en 40 años y ahora son 850.000, pastores de cabras, corderos,
camellos y algunas vacas. Cultura fascinante de gente orgullosa que resistió durante
siglos en condiciones muy rudas. Los servicios del gobierno dejan mucho que desear:
pequeñas patrullas de policía que no pueden garantizar la seguridad
en una región en la que los Kalachnikov son numerosos…
dispensarios y escuelas en los que muchos funcionarios nunca se
presentaron… poco mantenimiento de las bombas de agua… Entonces,
desde 1961, cuando la Iglesia finalmente tuvo el permiso para entrar
en esa región, es la diócesis la que debe asumir muchos de esos
servicios. Encontré los grandes camiones chinos que hacen
exploración, pues hay petróleo en la región. La explotación
debería empezar dentro de algunos años. Una carretera y un
oleoducto van a unir el Sur del Sudan con el Océano Indico pasando por
el Turkana que va a evolucionar mucho en los próximos años. Nadie
puede decir para beneficio de quien.
Los
misioneros de S. Patrick me alojaron en dos de sus parroquias durante
más de dos semanas cerca de la frontera de Sudán y pude participar
en un seminario para los jóvenes del decanato y en un seminario para
los catequistas de dos parroquias. Eso me permitió conocer un poco
la iglesia local y sus grandes desafíos. La diócesis está en
sínodo y se plantean las verdaderas cuestiones: hay muchas ONG, pero
¿aportan un desarrollo real? Numerosas distribuciones de alimento
que crearon una dependencia. Muchos bautizados, 100.000, pero pocas
bodas y pocos hombres en las iglesias. Lengua difícil: las homilías
son traducidas por los catequistas, una cultura que es un reto para el Evangelio: el lugar de las mujeres en la sociedad, poligamia, costumbre de redadas a
menudo más allá de las fronteras para robar animales en las etnias
vecinas, con pérdidas de vidas humanas si es necesario. En el
autobús mi vecino me decía que perdió 5 primos así, “es la
razón por la que se necesitan muchos niños” ¿Se
hizo una evangelización
o una sacramentalización? pregunta el Sínodo. Es difícil entrar en la cultura, los agentes pastorales
no son nómadas, pasan por las comunidades con sus grandes carros y
desaparecen. Un sacerdote alemán vivió decenas de años en medio de
los nómadas. Cuando pregunté si su comunidad cristiana era
diferente de las otras, me respondieron: no. Eso me hizo reflexionar sobre las relaciones entre las instituciones y el profetismo. Es
difícil entrar en la cultura, los agentes pastorales no son nómadas,
pasan por las comunidades con sus grandes carros y desaparecen. Admiré mucho a los viejos misioneros que están ahí desde hace
30, 40 años y aseguran una presencia de Iglesia en condiciones
desafiantes. La nueva generación ya no tiene el mismo espíritu:
vienen por un número limitado de años… Entonces la esperanza
de una inculturación se apoya sobre los catequistas, pero en su
mayoría están poco formados, y cuando lo están, es tentador
hacerse emplear por una ONG. Hay 5 hermanas y 11
sacerdotes Turkanas, la mitad cursan estudios superiores, la cuarta
parte está en oficinas y sólo 3 o 4 en parroquia. Su formación,
su posición y su número reducido los aleja mucho de sus papás
nómadas. Pero tengo
presente la imagen de las mujeres que cantan mucho en la Misa, que
bailan saltando a pesar de sus kilos de perlas alrededor del cuello,
y que también permanecen en silencio delante del Santísimo
expresando una fe que solo el Padre ve en lo secreto.
Un sacerdote de
una comunidad española me llevó bordeando el Lago Turkana hasta
la última parroquia cerca de la frontera con Etiopía para mostrarme
un proyecto nuevo. Los obispos de las regiones y países vecinos se
encontraron y decidieron fundar un centro de formación para
catequistas nómadas, esperando que después ellos también ayudaran
a acercarse esas comunidades que lucharon entre ellas durante
generaciones. Él vería bien a los hermanitos participando en ese
proyecto. Los hermanos de Carlos Lwanga
están allí desde hace cuatro años, ya cambiaron de equipo dos
veces. Yo los admiro; están perdidos en la selva, no hablan el
idioma y aguantan con una antena parabólica de TV que los une con
otro mundo. Hacen una
experiencia interesante: sus seminaristas hacen allí su filosofía a
través de cursos de larga distancia de la Universidad de África del
Sur.
Pude pasar 24 h. en el Campo de Kakuma: 130.000 refugiados de 13
países reunidos en una zona desértica de 14 km. y un número incalculable
de idiomas. Algunos llegaron de Sudán la víspera de mi llegada y
otros están ahí desde hace 20 años, y su sueño de salir un día
hacia USA se aleja cada día. Lo que es muy bonito es que también
ahí la Iglesia está muy presente: los salesianos consiguieron construir una escuela y una parroquia en el campo. Son los únicos no-refugiados a pasar la noche ahí. Las hermanitas de Cuneo tienen una fraternidad cerca del campo y todos los días visitan a las familias. Los jesuítas escolarizan,
imparten cursos universitarios por Internet, forman a 200 "consejeros"
cada año para escuchar todas esas gentes que soportan sufrimientos que
no tienen nombre, se ocupan de un centro protegido donde se retiran los que se sienten amenazados (hay 3 homicidios por semana). Me quedé impresionado por la sólida vida de oración de los
misioneros de San Patricio. Para mí fue un tiempo muy
bueno de renovación espiritual.
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Un
día, me senté en una piedra para ver de cerca una pobre florecita
amarilla a ras del suelo. La observé en silencio para hacer silencio
en mí y escuchar al que la rodeaba para domesticarla, conocerla y
dejarme conocer. Sencillo cara a cara cómplice de dos creaturas en
este vasto mundo. Después me atreví a hablarle como un niño:
“¿Hace mucho tiempo que estás ahí,
florecita? Me gusta tu color amarillo:
una mancha única en medio de todas esas hierbas escalonadas. Eres preciosa.” Y la oí responder: “Tú estas de viaje, yo
soy inmóvil, no elegí ni el lugar ni mis vecinos, siempre estuve
aquí, modestamente ocupo mi lugar, rol pequeño pero irremplazable.
Y además gozo del Sol, no me canso de mirarlo. Me da esta
luminosidad amarilla de oro en medio de todo ese verde oscuro.” Yo
la admiraba, ella cuya humilde presencia alaba en silencio al Dueño
del Universo, como las estrellas. Estábamos ahí en nuestro diálogo
cuando llegó un gallo no sé de donde, se comió mi flor
rápidamente y se alejó: ¡dueño despreocupado de los lugares! Me
quedé mudo, abatido, intrigado. ¿Cuál es el último mensaje de la
florecita? No era más "mi" flor que la del gallo. Yo la utilizaba para
mi meditación y él para su alimento. Ella bebía el Sol y se dejó
comer, disponible hasta el final, pequeña creatura silenciosa. Ella
vivirá en otra parte, en mi memoria, inclinada hacia la derecha,
ofrecida. Cada muerte, cada duelo es promesa de vida: hay el duelo de
sus años jóvenes o bien el duelo de sus sueños… hay el duelo de
un compromiso… hay el duelo de sus alegrías… hay la muerte de
una cierta forma de fe, de Iglesia, de Fraternidad… ¡pero hay la
promesa de vida!
“Morí como mineral y me convertí en planta,
Morí como planta y me reemplazó un animal,
Morí como animal y fui hombre.
¿Por qué debería tener miedo?
¿Cuándo disminuí al morir?”
Rumi (+1273)