Diario de Alain (Fraternidad de Nairobi, Kenia)


Sólo ocurre una vez en la vida: este año voy a celebrar mis 65 años. Ya es tiempo de reconocer que voy a entrar en la “tercera edad”. Cuando trabajaba con las hermanas en Kibera oí decir a una hermana: “los viejos deberían dejar el lugar a los jóvenes cuando llega la hora”. Forzosamente hay que constatar que soy el más mayor entre los sacerdotes, hermanas, catequistas y empleados de la parroquia. Los maestros y funcionaros se jubilan a los 60. Así que agarré mi pluma para escribir a mi párroco.

“Hay un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar” (Qo. 3,2). Después de 11 años como consejero sicológico de las personas que viven con el virus del Sida, y ahora que ya voy a cumplir 65 años, me parece que es el momento de dejar el lugar a la generación que sigue y ser liberado para otro ministerio.


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El jesuita asesinado Ignacio Ellacuría escribió: “El gran signo de los tiempos, la presencia actual de Dios entre nosotros, es siempre el pueblo crucificado, la continuación histórica del Servidor de Yahvé, del Cristo crucificado.” ¿Dónde está el “pueblo crucificado”? En 2001, al llegar a Kangemi, me quedé sorprendido al ver que era una “zona sin Sida”: nadie hablaba de eso y nadie pensaba que podía morir de eso. Pero las estadísticas me decían que cuando yo cruzaba a diez adultos en la calle, uno, dos o tres estaban infectados… ¿Cómo encontrar hoy a Cristo Crucificado entre los enfermos de Sida, que se puede hacer por el Cuerpo infectado de la Iglesia, porque si un miembro del Cuerpo está infectado, todo el Cuerpo está infectado?

El programa Uzima empezó en 2004 después de una evaluación de las actividades sociales de la parroquia, donde el Sida era mencionado por las comunidades cristianas de base como uno de los tres problemas del barrio con la inseguridad y la pobreza. El dispensario tenía un sistema para ayudar a los enfermos más pobres pero ya eran demasiado numerosos y la opción elegida fue ayudar prioritariamente a los enfermos de Sida. Era concebido como un ministerio de la Parroquia:
- Una manera de dar testimonio del amor preferencial de Dios por el “pueblo crucificado, hoy en Kangemi.
- y una manera de abrir los ojos y los corazones de los parroquianos a la realidad de los enfermos de Sida que sufren estigmatización. “Jesús envió a los Doce para proclamar el Reino de Dios y para curar a los enfermos” (Lc.9, 2). En presencia de tal pandemia, si queremos ser fieles discípulos de Jesús estamos llamados a tener la misma actitud que Jesús que no tenía miedo de estar en contacto con las llagas de los enfermos, la impureza de los leprosos, el cuerpo maloliente de Lázaro, la impureza de la mujer que perdía sangre, Zacarías y sus negocios poco honestos, la samaritana y su vida sexual poco ortodoxa. La Buena Noticia es que la vida, la vida en plenitud, es ofrecida a todos los hijos de Dios. Los enfermos de Sida son amados por Dios pero no lo sabrán, no tendrán la experiencia de eso más que a través de nuestros cuidados y nuestro amor por ellos.

El proyecto empezó discretamente con un pequeño Grupo de Apoyo ofreciendo una “zona sin estigmatización”, un lugar donde las personas infectadas podían sentirse acogidas, libres de compartir sus ansiedades y sus esperanzas; donde podían aprender cómo vivir su situación y renovar sus fuerzas, donde podían rezar juntas siendo miembros de diferentes iglesias y religiones. Poco a poco se comprometieron en las diversas actividades del Programa en los grupos de la parroquia, las escuelas y el barrio de Kangemi.

Si durante los primeros años acompañábamos a un buen número de pacientes terminales, la situación cambió completamente y ahora la mayoría de los miembros del proyecto están en forma y necesitan trabajar. Para ayudarles económicamente empezamos a fabricar collares, jabón, telas pintadas; a sostener pequeños comercios y un grupo de ahorro. Trabajamos en relación con otras organizaciones para reforzar y ampliar los servicios.

La condición de los enfermos de Sida ha mejorado mucho pero necesitan experimentar el amor concreto y eficaz de Dios para con ellos a través de los servicios de la parroquia. El programa de Uzima con el equipo actual y un nuevo consejo sicológico es totalmente capaz de continuar las actividades de prevención en Kangemi y de hacer frente a los nuevos desafíos encontrados con los enfermos de Sida. Hoy tenemos muchos menos miembros nuevos recientemente detectados positivos y por el contrario cada vez hay más trabajo de oficina para los donantes de fondos que cada vez quieren más informes detallados. No es lo que más me atrae en ese trabajo que debería realizarse con los enfermos.

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Antes de lanzarme a nuevos compromisos, quise regresar al mundo del desierto, de los nómadas, del primer anuncio de la Buena Noticia. Necesitaba dejarme interrogar, cuestionar, desafiado por aquellos que están en las fronteras de la Iglesia y de la Sociedad keniana. Así tuve la suerte de pasar unos veinte días en Turkana: amplios paisajes de llanuras y colinas cubiertas de matorrales y piedras donde se disimulan las pequeñas chozas redondas de los nómadas que se desplazan al cabo de algunos meses. Ese triángulo está habitado por una sola etnia, entre el lago Turkana al Este, Etiopía al Norte, Sudán y Uganda al Oeste. Es la cuna de la humanidad con el descubrimiento del “Turkana Boy”, homo erectus de 1,6 millones de años. La población se multiplicó por tres en 40 años y ahora son 850.000, pastores de cabras, corderos, camellos y algunas vacas. Cultura fascinante de gente orgullosa que resistió durante siglos en condiciones muy rudas. Los servicios del gobierno dejan mucho que desear: pequeñas patrullas de policía que no pueden garantizar la seguridad en una región en la que los Kalachnikov son numerosos… dispensarios y escuelas en los que muchos funcionarios nunca se presentaron… poco mantenimiento de las bombas de agua… Entonces, desde 1961, cuando la Iglesia finalmente tuvo el permiso para entrar en esa región, es la diócesis la que debe asumir muchos de esos servicios. Encontré los grandes camiones chinos que hacen exploración, pues hay petróleo en la región. La explotación debería empezar dentro de algunos años. Una carretera y un oleoducto van a unir el Sur del Sudan con el Océano Indico pasando por el Turkana que va a evolucionar mucho en los próximos años. Nadie puede decir para beneficio de quien.



Los misioneros de S. Patrick me alojaron en dos de sus parroquias durante más de dos semanas cerca de la frontera de Sudán y pude participar en un seminario para los jóvenes del decanato y en un seminario para los catequistas de dos parroquias. Eso me permitió conocer un poco la iglesia local y sus grandes desafíos. La diócesis está en sínodo y se plantean las verdaderas cuestiones: hay muchas ONG, pero ¿aportan un desarrollo real? Numerosas distribuciones de alimento que crearon una dependencia. Muchos bautizados, 100.000, pero pocas bodas y pocos hombres en las iglesias. Lengua difícil: las homilías son traducidas por los catequistas, una cultura que es un reto para el Evangelio: el lugar de las mujeres en la sociedad, poligamia, costumbre de redadas a menudo más allá de las fronteras para robar animales en las etnias vecinas, con pérdidas de vidas humanas si es necesario. En el autobús mi vecino me decía que perdió 5 primos así, “es la razón por la que se necesitan muchos niños” ¿Se hizo una evangelización o una sacramentalización? pregunta el Sínodo. Es difícil entrar en la cultura, los agentes pastorales no son nómadas, pasan por las comunidades con sus grandes carros y desaparecen. Un sacerdote alemán vivió decenas de años en medio de los nómadas. Cuando pregunté si su comunidad cristiana era diferente de las otras, me respondieron: no. Eso me hizo reflexionar sobre las relaciones entre las instituciones y el profetismo. Es difícil entrar en la cultura, los agentes pastorales no son nómadas, pasan por las comunidades con sus grandes carros y desaparecen. Admiré mucho a los viejos misioneros que están ahí desde hace 30, 40 años y aseguran una presencia de Iglesia en condiciones desafiantes. La nueva generación ya no tiene el mismo espíritu: vienen por un número limitado de años… Entonces la esperanza de una inculturación se apoya sobre los catequistas, pero en su mayoría están poco formados, y cuando lo están, es tentador hacerse emplear por una ONG. Hay 5 hermanas y 11 sacerdotes Turkanas, la mitad cursan estudios superiores, la cuarta parte está en oficinas y sólo 3 o 4 en parroquia. Su formación, su posición y su número reducido los aleja mucho de sus papás nómadas. Pero tengo presente la imagen de las mujeres que cantan mucho en la Misa, que bailan saltando a pesar de sus kilos de perlas alrededor del cuello, y que también permanecen en silencio delante del Santísimo expresando una fe que solo el Padre ve en lo secreto.

Un sacerdote de una comunidad española me llevó bordeando el Lago Turkana hasta la última parroquia cerca de la frontera con Etiopía para mostrarme un proyecto nuevo. Los obispos de las regiones y países vecinos se encontraron y decidieron fundar un centro de formación para catequistas nómadas, esperando que después ellos también ayudaran a acercarse esas comunidades que lucharon entre ellas durante generaciones. Él vería bien a los hermanitos participando en ese proyecto. Los hermanos de Carlos Lwanga están allí desde hace cuatro años, ya cambiaron de equipo dos veces. Yo los admiro; están perdidos en la selva, no hablan el idioma y aguantan con una antena parabólica de TV que los une con otro mundo. Hacen una experiencia interesante: sus seminaristas hacen allí su filosofía a través de cursos de larga distancia de la Universidad de África del Sur. 

Pude pasar 24 h. en el Campo de Kakuma: 130.000 refugiados de 13 países reunidos en una zona desértica de 14 km. y un número incalculable de idiomas. Algunos llegaron de Sudán la víspera de mi llegada y otros están ahí desde hace 20 años, y su sueño de salir un día hacia USA se aleja cada día. Lo que es muy bonito es que también ahí la Iglesia está muy presente: los salesianos consiguieron construir una escuela y una parroquia en el campo. Son los únicos no-refugiados a pasar la noche ahí. Las hermanitas de Cuneo tienen una fraternidad cerca del campo y todos los días visitan a las familias. Los jesuítas escolarizan, imparten cursos universitarios por Internet, forman a 200 "consejeros" cada año para escuchar todas esas gentes que soportan sufrimientos que no tienen nombre, se ocupan de un centro protegido donde se retiran los que se sienten amenazados (hay 3 homicidios por semana). Me quedé impresionado por la sólida vida de oración de los misioneros de San Patricio. Para mí fue un tiempo muy bueno de renovación espiritual. 

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 Un día, me senté en una piedra para ver de cerca una pobre florecita amarilla a ras del suelo. La observé en silencio para hacer silencio en mí y escuchar al que la rodeaba para domesticarla, conocerla y dejarme conocer. Sencillo cara a cara cómplice de dos creaturas en este vasto mundo. Después me atreví a hablarle como un niño: “¿Hace mucho tiempo que estás ahí, florecita? Me gusta tu color amarillo: una mancha única en medio de todas esas hierbas escalonadas. Eres preciosa.” Y la oí responder: “Tú estas de viaje, yo soy inmóvil, no elegí ni el lugar ni mis vecinos, siempre estuve aquí, modestamente ocupo mi lugar, rol pequeño pero irremplazable. Y además gozo del Sol, no me canso de mirarlo. Me da esta luminosidad amarilla de oro en medio de todo ese verde oscuro.” Yo la admiraba, ella cuya humilde presencia alaba en silencio al Dueño del Universo, como las estrellas. Estábamos ahí en nuestro diálogo cuando llegó un gallo no sé de donde, se comió mi flor rápidamente y se alejó: ¡dueño despreocupado de los lugares! Me quedé mudo, abatido, intrigado. ¿Cuál es el último mensaje de la florecita? No era más "mi" flor que la del gallo. Yo la utilizaba para mi meditación y él para su alimento. Ella bebía el Sol y se dejó comer, disponible hasta el final, pequeña creatura silenciosa. Ella vivirá en otra parte, en mi memoria, inclinada hacia la derecha, ofrecida. Cada muerte, cada duelo es promesa de vida: hay el duelo de sus años jóvenes o bien el duelo de sus sueños… hay el duelo de un compromiso… hay el duelo de sus alegrías… hay la muerte de una cierta forma de fe, de Iglesia, de Fraternidad… ¡pero hay la promesa de vida!


“Morí como mineral y me convertí en planta,
Morí como planta y me reemplazó un animal,
Morí como animal y fui hombre.
¿Por qué debería tener miedo?
¿Cuándo disminuí al morir?”
Rumi (+1273)