A
menos de media hora en carro, de nuestra fraternidad y dejando la
carretera asfaltada que va al pueblo de Tuxpan, se abre un pequeño
valle sembrado de hortalizas, trigo, avena y gladíolos. Siguiendo
un camino de terracería hacia una cadena de montañas, se encuentra
nuestra nueva ermita: dos cuartos circulares comunicantes entre sí
que tienen todo el aspecto de una casa de una aldea africana, cómo
las que se ven en las postales.
En
un momento de búsqueda, la Providencia se hizo presente: un joven de
Ciudad Hidalgo que trabaja en el norte en una casa para migrantes y nos visita cuando viene a ver a su familia, sabiendo la
necesidad nuestra de una ermita, pidió a sus familiares que nos
prestaran esta casita ya que la construyeron para no perder una parte
del terreno ejidal. De
pronto con algunos hermanos hemos puesto mano a la obra: había que
sacar todos los restos de materiales de construcción, madera,
cemento viejo endurecido, ladrillos, paja… limpieza adentro y
afuera, poner vidrios a la puerta y ventanas y una buena mano de
pintura. Giorgio
cuando la mira dice: “nos estaba esperando”.
Después
de todo esto un pequeño traslado: una mesita, una cama, una estufa
y algunos utensilios, arreglos provisorios de la capilla y de los
otros espacios y la ermita está lista para acoger. He
pasado una semana de retiro con todo tipo de clima: sol y calor, frío
y vendaval, neblina y llovizna y un tremendo temporal, me acordé
del profeta Elías en la gruta. Todos estos climas fueron
maravillosos para el estreno de la ermita, que personalmente y para
mí, bauticé: S Francisco de La Ciénega porque empecé el retiro
inmediatamente después del nombramiento del nuevo obispo de Roma y
La Ciénega es el nombre del lugar donde está la casita a causa de un nacimiento de
agua.
De
día, detrás y alrededor de la ermita, llama la atención este
paisaje austero de las montañas y al frente, no muy lejos, los
distintos matices del verde de los cultivos, el amarillo intenso de
la paja que queda del trigo cortado y el marrón oscuro de la tierra
arada, parecen grandes pañuelos de colores secándose al sol; de
noche detrás de la ermita la oscuridad de las montañas con un cielo salpicado de estrellas, y al frente las luces artificiales de la
civilización.
De
día, en las montañas desnudas, se ven cómo en miniatura y
confundiéndose con el mismo color del paisaje, rebaños de cabras,
un jinete que las arreas a pastar todos los días, vacas y una
manada de hermosos caballos y los ruidos propios de la naturaleza y
de los que la habitan. En
toda esta austeridad hay una soledad, nada me da miedo y nada siento como un vacío
negativo. Carlos
de Foucauld decía: “hay que vaciarse para llenarse de Dios”,
pero hay que ser paciente con esta "nada" y es lo que más cuesta
asumir. En
este contexto se hace la experiencia cómo la intensidad de la luz
del sol y el calor desperezan gradualmente la vida que toma un
ritmo más intenso con las horas que pasan. Todo despierta y todo
toma vigor hasta cuando empieza a menguar la luz y el calor, todo
regresa a la quiete antes el calar de la noche. Siento
que nuestra vida tiene la misma línea ascendiente y descendiente.
Son
momentos en los cuales Dios se me acerca con mucho amor, y con su
dulzura busca encontrar un lugarcito en mí. La
presencia de Dios me envuelve, me engloba, es una historia de amor,
un acto de amor y todo con el tiempo se puede enterrar, pero no el
amor. Muchos
son los teólogos, biblistas, exegetas, que escudriñan, investigan,
intuyen, suponen lo que hay detrás de cada palabra de la escritura,
quieren adentrarse en las profundidades del misterio y se sigue
verboreando. Actualmente, Dios me dice de estar en su presencia,
delante de Él. Su revelación es mostrarme su amor y su misericordia
y hacerme la invitación a vivir del amor. Es
la invitación del salmo 27: “Tu rostro Señor buscaré".