Diario de Michaël (Fraternidad de Leipzig, Alemania)


Gracias a mi trabajo como asistente en un hogar para personas con discapacidad mental y psíquico, a veces consigo 3 o 4 días libres. Así ustedes comprenderán la alegría y el alivio de haber podido vivir la llegada de la primavera durante 4 días en nuestra ermita, en plena naturaleza entre el sol y el deshielo.

El silencio, la luz que regresó, el canto de los pájaros, el fuego en la chimenea, todo eso me ayuda a adivinar y sentir esta “bendición, ese gran sí” que es pronunciado sobre la naturaleza, sobre el mundo tal como es y sobre mi propia vida.

En lo cotidiano (con las ocupaciones y preocupaciones múltiples), me resulta difícil permanecer en contacto con ese “gran sí”: Desde hace años aprecio esta petición del Salmo 85,11: “Unifica mi corazón en el temor de tu nombre”, escogiendo y dejando ciertas cosas de lado.

En esta línea sería muy útil arreglar mi cuarto ordenando todo lo que se acumuló durante los 7 años que vivimos en Leipzig (periódicos, papeles, cartas, expedientes y libros que prácticamente nunca toqué).

“Guardar las cosas” no es solamente una costumbre heredada y práctica de mis 23 años vividos antes de la caída del Muro de Berlín, costumbre “que tuvo su momento”. Adivino que “guardar las cosas” expresa una falta de confianza en la vida.

En el fondo, no me hacen falta tantas cosas para estar a gusto y bien en mi piel. Los cuartos de nuestros discapacitados me sirven de espejo: Unos están abarrotados de discos, de DVD, de animales de peluche, de juguetes y de no sé qué cosas más: todo eso ocupa lugar y agarra polvo. Por el contrario, otros cuartos reflejan que sus habitantes no se aferran a tales objetos y que se contentan con muy poco.

Además me doy cuenta de que ustedes casi no tuvieron noticias del recorrido que me llevó a este mundo particular de las personas con una discapacidad. Necesito pues hablarles un poco de mi metamorfosis: “el electricista” interino trabajando de incognito se transformó en “asistente” en un hogar conectado con Caritas diocesana.

Cuando llegamos a Leipzig, hace 7 años, probé suerte en agencias interinas: pero la presión y las exigencias profesionales en las obras se me hicieron demasiado pesados. Además, las afectaciones a tal o cual obra se terminaban bruscamente, a veces sin poder ni siquiera despedirme de los colegas interinos con los que había trabajado algunos meses.

Mis hermanos no se quedaban callados viéndo hundirme en un cansancio casi estructural: renuncié a finales del 2006 y busqué un puesto a tiempo parcial.

Por suerte, en marzo de 2007, una pequeña empresa de iluminación me contrataba 30 horas por semana como hombre polivalente: Tenía que programar aparatos electrónicos, checar lámparas, administrar el almacén, así como preparar y enviar paletas de material para las diferentes obras (en Alemania, Austria y en los Balkanes). Era una empresa que estaba empezando en locales provisionales con un estilo de improvisación; el número de negocios pronto se triplicó, pero no estábamos equipados ni formados para eso. Era un puesto interesante, pero la manera caótica de administrar los pedidos y mi responsabilidad me quitaban el sueño. Había llegado el día de dejar el oficio de electricista aprendido a los 32 años. 

Menos mal que estaba muy apoyado por la fraternidad. Así decidimos no inscribirme en la agencia de desempleo para poder buscar más libremente en el sector social. Finalmente después de más de un año de candidatura y de prácticas en 3 establecimientos diferentes para discapacitados, fui contratado en abril del 2009 en este hogar S. Rafael que alberga 4 grupos de discapacitados mentales y físicos. Es todo otro mundo muy diferente de la presión ejercida por la producción donde predomina el “time is money, el tiempo es dinero”.

Es cierto que a veces hay que tener “nervios de hierro” para soportar y apaciguar los conflictos, pero también hay momentos en los que tengo un canto en los labios, lo que me valió entre los residentes el apodo de “Michael, el cantor”.

Ahora me siento bien aceptado y apreciado por los compañeros y los discapacitados y tendría muchos momentos graciosos y densos que contarles… pero en otro diario.