Las semanas de Nazaret que organizan nuestros hermanos de Bojo son una ilustración de la hospitalidad que favorece el diálogo y el compartir; Joseíto, de Bojo, y Patricio, de Cochabamba, nos transmiten sus impresiones.
Apreciados
hermanos, quiero compartir lo que son las "semanas de Nazaret",
unas vivencias que llevamos haciendo en Bojó desde hace 14 años.
Durante
el mes de agosto, por 4 semanas recibimos 4 grupos que no pasan de 15
personas. Es un tiempo donde compartimos trabajo, oración,
reflexiones sobre distintos temas, desierto... algo de nuestra vida
cotidiana de hermanos condensada en una semana. La temática de este
año era "volver al evangelio". Pero cada día lleva su
tema particular: el lunes hablamos de oración, el martes de la
familia, el miércoles de la problemática de género, el jueves de
la persona de Jesús, el viernes de la Iglesia, el sábado es día de
desierto. Estos temas los compartimos con miembros de la fraternidad
seglar; ellos asumieron este año lo de la familia y de género. Los
participantes vienen de distintos horizontes sociales. Hay jóvenes y
adultos, educadores, profesionales, trabajadores, algunos novicios o
novicias...
El
día se inicia con la oración de los salmos y la lectura de un texto
bíblico; luego viene una reflexión sobre la temática del día.
Tomamos el desayuno y se reparte el trabajo en 3 grupos, unos en la
casa para preparar la comida y hacer la limpieza, otro grupo va al
campo a algun labor en la cooperativa y el otro va a colaborar en una
panadería comunitaria en el pueblito de Bojó a 2 km. Nos
encontramos en casa a las 12 y luego viene el almuerzo y un tiempo de
descanso. A las 3 nos encontramos para un tiempo de reflexión
seguido de un tiempo libre en silencio. A las 6 tenemos la eucaristía
o una celebración de la palabra, el jueves es revisión de vida.
Luego viene la cena seguida por la evaluación del día y la
repartición de las tareas para el día siguiente. Terminamos el día
por la oración de los salmos y la oración de abandono. Así son
todos los días de la semana hasta el sábado, que es día de
desierto. Ese día hacemos la oración de madrugada. La temática del
ese día introduce al desierto y después del desayuno en silencio
cada uno sale para la montaña llevando algo para el almuerzo. En la
tarde del sábado nos encontramos para la celebración penitencial y
después de la cena evaluamos la semana. El domingo temprano
celebramos la eucaristía y cada uno regresa a su casa. En la tarde
llega el grupo siguiente.
No cabe dudas
que hay muchas cosas que llaman la atención de los participantes. Se
valora el compartir fraterno, la preparación de la comida como
servicio, el trabajo en el campo y en la panadería; para algunos es
revivir recuerdos de infancia; se valora la oración de los salmos,
el compartir los textos bíblicos; todos participan con gusto desde
su propia vivencia, algo que echan de menos en sus parroquias.
El día de
desierto es vivido como un encuentro personal con Dios y con ellos
mismos: en un mundo de ruidos y de tantas actividades se valora este
espacio para pensar en su propia vida.
La misma
revisión de vida, donde a veces caen algunas lágrimas, libera de
muchos dramas profundos del pasado. En este ambiente caribeño no
cuesta tanto compartir sus rollos personales o familiares y es bonito
oír los consejos que dan gente con mayor experiencia de vida.
Lo cierto es
que en 14 años no hemos dejado de realizar estas semanas. Hemos
tenido problemas con la participación porque algunos se anotan y no
vienen, quitándole a otros la oportunidad de participar.
Nos parece que
en estas vivencias hay un “secreto”, un “misterio”, o una
“gracia” que no podemos dejar de atribuir a la misma vivencia de
Jesús en Nazaret; algo que nuestro hermano Carlos intuyó como
fuente espiritual, a la cual los cristianos se adhieren con mucha
facilidad porque es darle a su vida cotidiana un mayor contenido de
fe.
Si miramos el
desarrollo de la fraternidad seglar en Venezuela, no hay dudas que
estas semanas han tenido ahí su influencia.
Además, la
realidad actual de la iglesia, nos lleva a este tipo de vivencias de
comunidades como lo vivieron las primeras comunidades cristianas. Los
seglares expresan ahí su palabra, analizan su propia realidad
personal, o familiar y, lo que en nuestro ambiente latinoamericano,
es muy propio, se expresan con mucha espontaneidad y afecto.
A la hora en
que nos preocupamos por el relevo de nuestras "fraternidades
religiosas ", ¿no tenemos ahí unas pistas o signos que nos
abren horizontes ?... Alguien decía en un encuentro reciente de las
fraternidades de Venezuela que Carlos de Foucauld terminó siendo un
laico en medio de los Tuaregs, después de su recorrido trabajoso por
la trapa, Nazaret y el desierto .... y lo que logró por fin, fue
fundar una asociación de cristianos ...
De
Patricio:
Es interesante
constatar que una pareja que ya participó a una semana de Nazaret,
pidió realizar una mini semana de 3 días en una finca de su
propiedad: invitaron a 4 parejas amigas. Era un proyecto que teníamos
presente porque para mucha gente es difícil liberarse por una
semana; además queremos ampliar estas vivencias a otras partes del
país.
Nos
acogieron pues para una “semi-semana de Nazaret” fuera de Bojo.
Éramos 17 participantes venidos de Caracas, San Juan, Valencia,
Maracaibo, Maracay, Sanare y Guarenas. Joseíto introdujo el
encuentro comentando el Evangelio de Juan ”Quien me ha visto a mí,
ha visto a mi Padre”. Elena introdujo el tema de la oración
apoyándose sobre la oración de Jesús como aparece en el Evangelio
y refiriéndose al último libro de Antonio Pagola. Rebeca de Sanare
introdujo el tema de la familia y Didier el del desierto con pasajes
bíblicos y una dinámica que nos llevó a caminar de noche bajo una
luna llena y deslumbrante.
Me
impresionó la manera positiva con la cual la gente enfrenta la vida.
Se constató la realidad casi generalizada de familias
“disfuncionales” (es la expresión que se usa). Una mujer,
después de describir la situación de su familia (criada por su
abuela, su hija madre soltera…) se exclamó: “Mi familia es bella
y estoy agradecida por mi familia”. Cuando hay amor, voluntad de
vivir, de superarse, se superan también las condiciones que juzgamos
no ser ideales. La fe juega un papel determinante en esta actitud
positiva: “Hay la gran familia de la cual Dios es nuestro Padre y
que nos hace reconocer como hermanos”. Sentí en los participantes
el deseo de profundizar la dimensión espiritual del camino que hace
el pueblo venezolano y de iluminarlo con el Evangelio. Rebeca nos
invitó a ser coherentes en todos los ámbitos de nuestras vidas.
Este tema fue objeto de la celebración penitencial de la Eucaristía
final que fue muy compartida, con muchos signos. Estoy agradecido a
las mujeres que me enseñaron a preparar arepas. Fue mi cometido cada
mañana, pues no me cuesta levantarme un poco más temprano. Me
acompañaba el suave ronquido que salía de las hamacas.
Mi
corta experiencia de la semana de Nazaret me confirma una vez más
que el Espíritu habita el pueblo y que se puede percibir en él las
lucecitas que tienen sabor a Evangelio y que balizan nuestro camino.
Nos queda
siempre la fidelidad de Dios y nuestra humilde respuesta que se
concretiza por nuestra fidelidad a su proyecto, a un pueblo,
acompañándolo, anunciando, denunciando, estando con, siendo,
rezando.