La hospitalidad ha comenzado en Beni Abbès con Carlos de Foucauld y sigue hasta el día de hoy, como lo expresa Yvan (Hermano de Jesús). Esta hospitalidad también puede vivirse en el viaje, según la experiencia que nos cuenta Bernard.
Yvan:
El
mes de marzo en Beni Abbes está marcado por los ritmos de la vida y
de las estaciones. Es el tiempo de las bodas, en el que recibimos
muchas invitaciones para compartir la comida de fiesta que
invariablemente es un couscous. Momentos de convivencia con los
vecinos que apreciamos mucho. En las huertas también hay un olor
especial, ruidos característicos: el ruido, sobre todo por la
mañana, son los estrépitos de las escaleras metálicas que se abren
para subir a las palmeras; todavía no es la cosecha de dátiles,
sino el tiempo del florecimiento; y se trata de fecundar una tras
otra todas las flores hembras que se abren a intervalos irregulares.
Y el olor, es el perfume de esas flores, un poco como el de la mimosa
pero más áspero. Henri que tiene la técnica y la agilidad para ese
trabajo, está ocupado a tiempo completo. Marzo, también es el
tiempo de las vacaciones escolares, y por tanto de las visitas a la
ermita, sobre todo autobuses completos de turistas argelinos. En
medio de los cuales se deslizan familias del pueblo conduciendo a
los invitados a una boda, o el sustituto de prefecto, o un grupo de
Chinos que trabajan en el país… Esta mañana tuve que contar por
lo menos 6 o 7 veces la vida de Carlos de Foucauld...
Bernard (de viaje entre Argelia y España)
El viaje fue como de costumbre una pequeña
aventura. El barco que debía salir hacia la una de la tarde todavía
no estaba en el muelle. El mal tiempo no permitía la entrada al
pequeño puerto de Ghazaouet, no lejos de la frontera marroquí. Al
día siguiente nos enteramos de que a causa de las olas, un camión
se había volcado en la bodega. Éramos un buen número esperando
en la agencia: ¡Los billetes no serían entregados hasta que el
barco estuviera listo para salir!... Y esa fue una jornada de
encuentro con aquellos que esperaban como yo. Un argelino muy
simpático con sus dos hijos, la niña nacida en Avignon (Francia) y el
muchacho aún más joven nacido en Córcega, ese mecánico iba a
reunirse con su esposa que trabaja en España. Una viuda de Tlemcen
que iba a Almería donde tomaría el autobús para reunirse con sus
hijas en Alemania. Un argelino valiente que subía para trabajar tres
meses en Murcia. Un grupo importante de saharauis de Tindouf que
subían a España: de cultura nómada del desierto, parecían muy
organizados. Pidieron hospitalidad al alcalde de Ghazaouet que les
abrió un salón con colchones y mantas. En cuanto a mí, fui a
Tlemcen a saludar a los dominicos, y allí pasé la noche. En fin, al
día siguiente nos encontramos todos para tomar el barco. Lejos de
estar perturbado por este contratiempo imprevisto, me sacié con esta
“humanidad de viaje”. Pero en el fondo, no nos dijeron que en el
pozo de Jacob la Samaritana sacara el agua y que Jesús bebiera…
¡el encuentro los colmó!