Los ángeles existen, ¡yo encontré UNA!


Diario de Alain (de Nairobi, Kenya)

Alain nos relata el encuentro con un ángel en Kangemi (Kenya)

A los ángeles les gusta disfrazarse (Gn. 18,22), se puede vivir mucho tiempo junto a ellos sin reconocerlos. Hace unos diez años encontré por primera vez a Malaika (Ángel en Swahili), en casa de Rosa, una vecina. Sin ningún signo especial excepto su amplia sonrisa. Como muchas vecinas era viuda y vendía algunas cositas para alimentar a sus hijos. Yo visitaba a Rosa a menudo. En Kangemi es la primera que vi arrebatada por el Sida. Encamada en una habitación de láminas, vivía allí con Joy, su encantadora hija, que estudiaba en la escuela secundaria de los monjes hindus. La enfermedad no era fácil, a menudo arisca, y la hija mayor había encontrado un joven con quien ir a vivir a otra parte. Pero Joy regresaba rápido de la escuela para cuidar a su mamá, preparar su comida, darle sus medicinas, lavarla, limpiar la habitación y hacerle compañía en sus largas noches sin sueño. Tareas muy pesadas para una adolescente que nunca había sentido la muerte rondar tan cerca.

Para apoyarla, tenía la visita diaria de Malaika que le llevaba un platito, lavaba a la enferma antes de que Joy regrese de la escuela, acogía sus confidencias. La hija mayor sospechaba y se preguntaba lo que escondía este interés por su madre de una vecina que no era ni pariente, ni originaria del mismo pueblo. El virus de la sospecha infectó a Rosa que empezó a quejarse, o porque el dinero había “desaparecido” o porque Malaika la abandonaba y no la visitaba desde hacía dos días…

Malaika no perdió su sonrisa por tan poca cosa, hizo puntualmente sus apariciones durante meses hasta que Rosa tomó el camino de las estrellas.

Ella fue un ángel de la guarda para Joy, reconciliando a las dos hermanas. Sin embargo, ella también tenía sus preocupaciones familiares: el pequeño regresado de la escuela cuando no se pagaba la escolaridad a tiempo, la hija mayor “embarazada” antes de tiempo y un hijo asesinado en circunstancias nunca bien aclaradas. Pero Malaika conservaba su sonrisa detrás de su puesto y me dejaba sin voz cada vez que repetía ante cada nueva prueba “Dios mostrará el camino”.

A los ángeles les gusta pasearse con los niños y los perros (Tobías 6,2) y normalmente encuentro a Malaika en la calle. El año pasado me habló mucho de Wanjiku, una persona con una discapacidad mental que andaba en el mercado de Kangemi desde hace varios meses. Como estaba embarazada la gente le daba de comer y seguramente pesaba 15 kg. más que yo. Las mujeres observaron que ella siempre iba muy limpia pero no llevaba ropa interior. “¿Para qué ponerla, respondió ella un día, si por la noche “ellos” vendrán a romperla?” Comprendieron que era violada regularmente en la calle donde pasaba la noche y que su resistencia habría provocado la rotura de su brazo y de su pierna. Pusieron un anuncio en la radio para intentar contactar a su familia. Fue inútil.

Pasaban las semanas, había empezado la temporada de lluvias y el embarazo llegaba a su término. Como me explicó Malaika: “Yo di a luz a uno de mis hijos bajo la lluvia, yo sé lo que es eso; entonces hicimos subir a Wanjiku en un carro y la llevé al hospital de Mujeres, creyendo que era un hospital público. Pero es una clínica privada. Ante la urgencia y mi insistencia finalmente la admitieron. Ya era hora: dio a luz a dos maravillas, gemelas. En la calle habría muerto, tuvieron que hacerle la cesárea. Es necesario que vayas a verla”. Consulté mi agenda y dos días más tarde estábamos en la habitación del hospital. (Ustedes comprenderán que yo no soy un ángel, tengo obligaciones y horarios).

Wanjiku estaba sonriente pero su discurso en Kikuyu era incoherente. Amamantaba a una gemela, Malaika mecía a la otra y me explicaba: “Los médicos, enfermeras y matronas me preguntaron todos juntos para saber quién era Wanjiku. Les dije que lo ignoraba. Les costaba creer que yo no era de su familia. Les dije que mi Dios me había pedido cuidarla.” – Me preguntaron: “¿Por qué tú tienes un Dios distinto del nuestro?”. “Yo les dije – ¡oh sabiduría de los corazones sencillos! – yo no sé cuál es su Dios, pero el mío no podía dejarla en la calle así”. El personal que la cuidaba quería preparar el futuro y le pidieron que buscara a su familia. Ella prometió dar una respuesta al cabo de una semana sin saber bien como obtenerla.

Mientras tanto ella recogía ropa para los bebés. A la siguiente visita, bajo el efecto de los medicamentos del siquiatra y la alegría de ver toda esa ropita tan bonita para sus pequeñas, Wanjiku empezó a hablar por primera vez de manera sensata desde hacía meses o años. Explicó donde vivían sus suegros y sus tres hijos, que había sido corrida por su marido y que desde hacía cuatro años erraba primero en un campo de refugiados y después en la calle. Malaika visitó a la familia y los niños y dio a los médicos, como les prometió, la dirección y el número de teléfono de su familia, añadiendo: “Ahora ya terminé mi trabajo” – “Espera, espera, porque si la familia no se encarga de ella, será necesario que alguien la reciba al salir del hospital” respondieron las autoridades, no sin razón pues la familia nunca apareció.

En mi segunda visita a Wanjiku, oh sorpresa, hablaba incluso en inglés. A los médicos les pareció más sabio buscar un hogar para niños donde ella pudiera visitar a sus hijas y le habían pedido a Malaika buscarle una habitación en Kangemi; estaban dispuestos a pagar tres meses de alquiler. A Malaika no le hizo falta mucho tiempo para buscar entre sus amigos y encontrar una habitación, cama y utensilios de cocina. Y cuando Wanjiku regresara, hubiera podido alimentarse fácilmente con sus amigas del mercado pero Malaika la animó a empezar un pequeño negocio. El virus de la duda infectó por un momento el espíritu de Wanjiku: “Si Malaika hace tanto por mí, es porque debe recibir dinero para eso” Malaika supo ser firme dejándola desenvolverse sola. Después se recuperó la confianza y asegura que Wanjiku va con el siquiatra para tomar sus medicamentos, visita al médico para su bocio, atiende su negocio de papel higiénico y visita a las gemelas, e incluso consiguió llevarla a visitar a sus otros hijos.

Me pongo al corriente de los últimos acontecimientos cuando nos encontramos en la calle y confieso que yo, pobre humano, no podría hacer ni la mitad de todo lo que hace Malaika. ¿Dónde encuentra toda esta energía? “Su” Dios debe estar ahí para algo. No conozco bien las jerarquías tanto angélicas como militares, pero Malaika no es un angelito de la guarda limitado a una persona, por lo menos debe ser un arcángel dada la extensión de sus misiones. Pues mientras acompañaba a Wanjiku, también tuvo que ocuparse de una mujer que encontró dando a luz en los WC públicos, le ofreció su paño para cubrir al recién nacido, acompañó a esta desconocida a la Maternidad donde le dijeron que no tenían desinfectante… ¡y ella tuvo que ir a comprarlo! Y después está este joven empleado que empezó a tomar, se encontró en la calle… y ella lo realojó, lo amuebló, lo vistió con la ayuda de sus numerosos amigos.

No sé a qué iglesia pertenece mi arcángel ni siquiera si va a la iglesia pero, si Jesús dice la verdad (Mt. 25), ella me precederá de lejos en el Reino. A menudo me pregunté ¿cuántos ángeles surcan las calles de Kangemi?, ¿qué santidad se esconde detrás de las láminas onduladas de nuestras casas? El Reino está entre nosotros (Lc. 17). “Maestro, haz que vea” (Mc. 10, 51).

Que los ángeles les protejan a lo largo de 2014… ¡pues los ángeles existen!